Skip to main content

Full text of "Lanzas y potros"

See other formats


pn 

8519 

A891.3 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/lanzasypotrosOOarre 



VÍCTOR HRREGUINE 




I 



KRSiHfRB 



M. BERTANI, Editor. 



MONTEVIDEO 




LANZAS Y POTROS 



VÍCTOR ARREGUINE 



LANZAS 

y 
POTROS 



O 



MONTEVIDEO 
O. M. BERTANI, Editor 

1913 




te 



LANZAS Y POTROS 



El pelotón de gauchos se había detenido de re- 
pente en medio del campo, y como aquella parada 
en pleno día, cuando la costumbre era galopar 
varias horas sin descanso, no tuviera explicación, 
el teniente Juan Gómez, volviendo el tajeado ros- 
tro al montón de potros y hombres, dirigió la pa- 
labra a todos y a nadie: 

— ¿ Y esto ? 

Los jinetes permanecían inmóviles ; los corce- 
les olfateaban. Entonces el teniente gritó : ¡ Ade- 
lante ! y todos partieron. Por la tarde vieron rojo 
el horizonte . 

— Desde aquí debemos flanquear la quemazón, 
dijo al oficial un viejo barbudo. 

Y añadió en tanto galopaban : 

— Los pastizales se queman como yesca. 

Poco después tropezaban con gamos y guanacos 
que venían huyendo de los campos incendiados, 
locos de terror, con la claridad del fuego en los 
ojazos. 

Nubes de garzas, cuervos y chimangos pasaban 
a diversas alturas, escapando en confunsión de la 
gran faja roja que se acercaba despidiendo estre- 
llas de fuego. Las gramillas y los algarrobos es- 
taban marchitos mucho antes que los asaltara el 



6 VÍCTOR ARREGUINE 

oleaje de llamas. Todo el campo, al frente, hasta 
perderse de vista, un mar de fuego. Y el rojo mar 
roncaba, bramaba contra la vida. 

Primero pasaron los grandes : los guanacos, las 
águilas, los pumas, los fuertes, los que llevan la 
delantera en las derrotas. Después avanzó el pue- 
blo de débiles : las ratas chamuscadas, los lechu- 
zones, los mendigos hediondos de la naturaleza ; 
los inválidos, los tontos, la carne de presa. Y por 
último, con alas brillantes o pesadas corazas los 
insectos, en polvorosa, en luminosa nube, como si 
la Vía Láctea hubiese descendido a la tierra, entre 
cenizas, llamas y caliginoso viento. Y detrás de 
las fieras y las sabandijas, tres hombres montados 
en un caballo viejo. 

— ¡ Por aquí ! gritaba el más pequeño dé los 
tres, señalando un flanco pelado y salitroso de 
la incendiada pampa, hacia el cual corría también 
el rojo oleaje. 

El teniente Gómez se adelantó a los fugitivos, 
gritándoles : 

— ¿De qué gente son ? 

— Desertores, respondió uno. 

— ¿De qué juerza ? 

— De la de . López. 

— Güeno. Vayan dentrando a la playa no má, 
Y seguido de cerca penetró en el erial salitroso 
donde estaban sus gauchos. El caballo viejo fué 
degollado. Tres de sus patas quedaron extendidas al 
aire. 



Recen un credo, ordenó el teniente a los tres 



LANZAS Y POTROS 7 

infelices, al caer la tarde. El fresco pastizal y olo- 
rosa menta apenas si sentían como débil aura solar 
el soplo del incendio distante. Uno de los pri- 
sioneros preguntó : 

— ¿ Estamos en San Juan, mi teniente ? 

— ¿ Y pa qué querés saberlo, pues ? 

— No me gustaría dejar la osamenta fuera de 
mi provincia. 

— Los cuervos de toas partes son los mesmos. 
¿ Ya resastes tu credo ? 

— Ya. 

— Que te aproveche... 

Y ordenó a uno de sus hombres : 

— A ver, González . . . tóquele la refalosa a 
este bicho. 



Luego que los prisioneros estuvieron dego- 
llados, a la usanza de entonces, el teniente 
levantó las cabezas, las sopesó, las puso 
en tierra, las volvió a sopesar, y hacién- 
doles un largo tajo entre los maxilares infe- 
riores, fuélas enhebrando en peluda lonja de cuero, 
y acabada la paciente labor ató la sarta a los tientos, 
en ancas del caballo. 

Durante la marcha nocturna el viejo Farías se 
le acercó y le dijo : 

— ¿ Cuántos van con éstos, teniente ? 

— Ya no ievo cuenta, mi amigo, y le entró una 
como fiebre de referir sus hazañas. 

— ... Pero, ninguno, ño Farías, como el chi- 
nito, a-í-á en Mendoza. . . ¡ Lo viera ! lo que pa- 



8 VÍCTOR ARREGUINE 

taleó pa morir ! Y cuando vino la china vieja, 
la madre, y lo vido, lo tapó con el reboso. 
El incendio seguía avanzando por la pampa. 



En la llanura el viento ; sobre la llanura, el cie- 
lo ; en el cielo, el desierto mundo lunar. Y allá, 
donde se funde el horizonte con la llanura, casi 
tocando los pastos movedizos, las Pléyades, cual 
en días de Homero. 

El ojo de fuego de Aldebarán, el ojo del toro mi- 
tológico, mira con espanto el gesto de Orion, el 
tahalí de tres estrellas, el brazo levantado, la es 
pada flamígera. Duermen bajo el ojo sanguino- 
lento y bajo el enorme gesto del gigante, los mansos 
ganados, almas intermedias entre la materia y el 
hombre. Los ranchos sin una luz, semejan costras 
de la tierra. Y por entre el silencio, al tranco, va 
Juan Gómez, el de las viejas historias. 

Viene mal a caballo, pues tiene seca la pierna 
derecha y débil como un palo de tambor el fémur. 

Cruzada sobre el caballo trae su sucia muleta 
gastada por el uso, y de vez en cuando, por pura 
maldad, la levanta para castigar el caballo. 

— j Zaino ! grita y talonea a la pobre bestia 
que se dirige hacia el rojo Aldebarán. Y el rojo Al- 
debarán parece mirar, alternativamente, ya a 
Orion, ya al jinete baldado. 

Por el cerebro de Juan Gómez van desfilando 
marchas en duras noches de invierno, caballos se- 
misalvajes, hombres y más hombres, figuras des- 



LANZAS Y POTROS 9 

coloridas, ya borradas del mundo. ¿ Realidad o 
ilusión ? Sueña que va a entrar en batalla. 

— ¡ Vamo, zaino ! y otro muletazo. 

El caballo viejo baja las orejas, se encoje, tira 
dos coces al aire y el cojo cae amenazando con la 
muleta. 

El caballo flaco se pierde en los pastizales ; Juan 
Gómez queda abandonado frente al amenazante 
Orion. No sabe porque lo amenazan los astros. 
En cada palpitación de las estrellas lee una muda 
amenaza ; él, que jamás la vio en semblantes hu- 
manos. 



IDILIO 



La marca que deja en el ojo el pastizal entre el que 
se ha vivido durante generaciones, bien impresa 
la llevaba Juan Ran, biznieto de un desertor in- 
glés perdido en la Pampa. Juan Ran, gaucho a más 
no poder, vivía en un ranchejo de adobe. Su haber 
consistía en una pringosa gaucha, seis hijos varo- 
nes, un perro infinitamente perezoso y un campi- 
to donde pastaban algunas ovejas. Esto, sin con- 
tar dos caballos que eran como la pierna derecha 
y la pierna izquierda de Juan Ran. El aire de mi- 
seria del rancho se olía desde larga distancia. El 
vasco Ipar, cuando pasaba por las inmediaciones, 
apuraba el galope para librarse de la nube de mos- 
cas y de la podredumbre que llenaba el aire, des- 
prendida de desperdicios y osamentas. 

Pedro Noya, aüas Gavilán, conductor de una 
diligencia, solía decir al llegar al pueblo comido 
por el desierto : 

— Vengo de catorce leguas sin tomar agua. En 
la pulpería el agua es de pozo y me hace daño, y lo 
de doña Fermina queda a una legua del camino. 
De lo de Juan Ran no hay que hablar. La de la 
pipa está abombada. Es una gente que no se ras- 
ca la sarna por no mover el brazo. 

Lo de la sarna era relativamente verdad : po- 



12 VÍCTOR ARREGUINE 

dían estar y estaban sarnosas casi todas las ove- 
jas ; el perro tenía una paleta agusanada ; pero en 
lo tocante a los seres humanos, esta vez, como tan- 
tas otras, Pedro Noya mentía. Ni un arbolito, ni 
siquiera el clásico ombú de las llanuras, daba som- 
bra al campo de Ran. Yuyos, abrojos, gramilla y 
espinoso cardo, eso sí. La vez que se comía un cho- 
clo, el choclo provenía de la chacrita del gringo 
Mástola, sita a dos horas de distancia. 
Juan Ran solía ordenar a su primogénito : 
— A ver si te vas hasta lo del gringo y le mano- 
teas media docena de choclos. Lleva el zaino, y 
como no estés aquí antes de la puesta del sol te 
he de arrimar una marimba de palos. Anda, y si 
agarras alguna perdiz por el camino no se la va- 
yas a dar a tu madre. Ella, que le pida a doña 
Fermina. 

Doña Fermina era una pobre alemana cuyo ma- 
rido vagando de baile en baile con su guitarra, a 
fuer de excelente tocador, músico de oído, artis- 
ta por inspiración, cebaba su vicio, el beberaje, 
donde quiera que la gente moza se juntaba para 
solazarse con « gatos », « pericones » y « cielos ». 
En trescientas leguas a la redonda resonaba la 
fama <de este perillán filarmónico, y cuando ha- 
bía estado « en las Uropas », porque estuvo, en 
efecto, una vez en el viejo mundo, con su guitarra 
habíase ganado el corazón de una rubia de un pi- 
ringundín europeo, la misma doña Fermina, que 
abandonando el negocio de su tía se vino con el 
cuidador de ganado. En tal carácter, en un bu- 
que de vela, marchara años atrás el afamado gui- 
tarrero, « por saber mundo », según él ; por unas 



LANZAS Y POTROS 13 

puñaladas, según Pedro Noya, de cuyo dudoso tes- 
timonio pocos eran los que nacían confianza. 

Doña Fermina, en las tibias primaveras cavaba 
la tierra como un hombre — porque poseía unas 
fanegadas de tierra — y en los ardientes veranos 
regaba sus tomateras, sus pimientos y sus flores, 
con un sombrero de su marido en la cabeza. Lo 
cual no quitaba que diese educación a Guadalupe, 
una hijita habida por ahí, por el bellaco de su con- 
sorte. Iba por los trece años la niña y por lo ha- 
cendosa y buena no se diferenciaba de una perfec- 
ta señorita. Hacía punto de media, bordaba. flo- 
res y leía de corrido en un viejo libróte con lámi- 
nas ; pero su gran habilidad era la cocina. Tanto 
que Heliogábalo hubiese podido confiar a sus ma- 
necitas el más fabuloso condimento o el manir la 
más delicada caza. 

El primogénito de Juan Ran solía ir a lo de doña 
Fermina cuando el hambre apretaba en el rancho 
de sus padres, y se pasaba las horas muertas con- 
templando los deditos de Guadalupe infatigables 
en la labor y le parecía que de ellos y no de la agu- 
ja y del ovillejo brotaba la malla. En el jardín 
revoloteaban las mariposas, esas hermosas hijas 
y madres de gusanos, Nanas del aire, vestidas de 
rosa, azul y oro, una tarde en que llegó el mucha- 
cho a despedirse de la alemana y de la niña. 

A la interrogación de la primera, manifestó que 
se iba a trabajar a lo de Mástola, porque todos los 
suyos estaban muy pobres ; pero al quedar solo con 
Guadalupe le confesó la verdad: su padre acababa 
de pegarle una tremenda paliza, y le mostró, arre- 
mangándose la sucia manga, el brazo derecho, para 



14 VÍCTOR ARREGUINE 

que viera las equimosis. Hambre y rebencazos. 
El no aguantaba más. Si el borracho de su padre 
quería comer choclos, que los robase con toda su 
alma ; si quería cueros de nutria para comprar caña, 
que se fuese él a la orilla del río y las cazase. Se 
iba a correr mundo ; el mundo era grande, y si 
viven los pajaritos, él también viviría. Y el mu- 
chacho lagrimeaba, medio de vergüenza, medio de 
coraje. Guadalupe había dejado la labor y lo mi- 
raba con su seriedad habitual. Entre aquellas al- 
mitas la gran ley creadora acababa de tender un 
hilo de fuego. Tan inocentes como Pablo y Vir- 
ginia, este Pablo y esta Virginia de la llanura, igno- 
raban la naturaleza de su afecto. 

Se sentían hermanos, pero cuando la ausencia 
puso entre ellos meses y meses, ella, en cada jine- 
te lejano creía percibir la silueta del primogénito ; 
él, rodando de estancia en estancia, soñaba ser 
rico para volar a sus pagos y no separarse ya de 
Guadalupe. Y así fué creciendo, creciendo aque- 
lla llamita azul, hasta mudarse en hoguera. Los 
tres años que pasaron sin verse ¡ qué largos ! 
Cada sol le parecía al primogénito un cansado gi- 
gante que se acostara en mitad de su celeste ca- 
mino ; y cada noche de invierno en la negra lla- 
nura, toda una vida, un esperar de condenado. A 
los tres años no pudo más. Ensilló el mejor caballo 
de su amigo el mayordomo, a quien dijera el mo- 
tivo de su viaje, y partió a sus lejanos pagos, co- 
miéndose el viento y la tierra en el galope. La tie- 
rra volaba bajo los cuatro cascos ; los grandes ár- 
boles junto a que pasaba, al volver la cabeza para 



LANZAS Y POTROS 15 

calcular lo andado, aparecían raquíticos en el 
horizonte. 

Mucho antes de divisar sus pagos, en la pul- 
pería de Rabufeti, frente a la cual pateaban has- 
ta seis caballos, y dentro de la cual bebía alcohol 
de papas doble número de gauchos, supo, por boca 
de un paisano que ya le era inútil seguir adelante. 

— ¡ Grande se ha puesto el forastero ! excla- 
mó en cuanto lo hubo reconocido. Dentre y tome 
algo. Yo pago. 

El primogénito, en cuyo labio alardeaba un 
bigotito negro, entró y pidió la usual bebida del 
gauchaje : 

— Mozo, una caña. 

— ¿ Pa sus pagos va ? — preguntó el rubio. 

— Verdá. 

— ¿Y no sabe nada ? 

— ¿ Qué ? 

— Pues en seguidita que usté ganó pal campo, 
su padre le vendió el campito a unos carcamanes, 
que de a poquito se van apoderando de todo. ¡ Ha 
visto, amigo ! Son lo mesmo que los gorriones 
estos carcamanes. Donde ellos pisan, el chingolito 
criollo espianta. Y desaparece la mesma golon- 
drina. Va pa cuatro veranos que no veo sino go- 
rriones y vencejos. El gorrión lo ha invadido todo. 

— ¿Y pa qué vendería mi padre su tierrita ? 
¿ Es muerto alguno de los míos ? 

— No le sabría decir de lo último, porque tui- 
tos se jueron en una carreta que yo mesmo les pres- 
té. Lo de vender el campo y las ovejas y el caballo 
overo por cuatro riales, no es menester que se lo 



16 VÍCTOR ARREGUINE 

mente. Juan Ran es hombre de mucha sed y ne- 
cesitaba agua pa apagar el incendio. 

El primogénito soportó con una mirada de sos- 
layo esta alusión a las costumbres de su deudo, 
y al rato : 

— ¿ Y la alemana ? — balbuceó. 

— ¿ Doña Fermina ? Que Dios la tenga en des- 
canso . . . 

— ¿ Murió ? ¿ Y cuándo ? 

— Hará un año, pa agosto. 

— ¿ Y la chiquilina ? 

— La chiquilina, como se quedó sola, estuvo 
primero en lo de doña Gervasia, aquella vieja de 
la Tranquera, que todavía cachetea a los hijos 
que ya,tienen barba blanca. Y de ahí, la chiqui- 
lina voló con Noya el Gavilán. 



UN CAPITÁN, UN FILÓSOFO Y UNA MOZA 



Orla, péñola mía, de hojas de espadaña las ri- 
beras del riacho viboreante al pie de las Lomas 
Azules ; saluda a la achira y al ceibo de encarnada 
flor ; no agravies al nativo caraguatá llamándole 
bromelia espinosa, ni a la salvaje tuna con el nom- 
bre de opuncia ; viste de áureos botones la encan- 
tada fronda ; haz escurrirse por debajo de las es- 
pinosas matas a la iguana verdosa; fabrica en las ra- 
mas mal tejidos nidos de tórtola ; sigue el vuelo 
de la gran paloma roja silvestre; pon, pues esta- 
mos en horas vernales, luz en los peñascos ; cuí- 
date, en fin, de comparar la primavera, que este 
año viene recatada y rosada de auroras a las 
vírgenes locas del evangelio. 

¿O no ves cuál esplende el azul por encima 
de las Lomas Azules, ni qué bien sienta al pueble- 
cilio de las Colinas su toca de nubes albares ? 

Pero no sigas, que las gentes de la localidad 
no han de entenderte, ocupadas como se hallan en 
investigar con quién habrá levantado el vuelo Pe- 
nélope, la hija mayor de Flora Calventos. 

No sigas que el hecho, con algunos granos de 
porfía, ha formado allí dos azufradas facciones, y 
ni los apretados árboles ni el aire de oro serían 
fuerza a distraer a quienes afirman que la vie- 

2 



18 VÍCTOR ARREGUINE 

ron fugarse en la balsa con el filósofo, ni a los que 

juran haberla divisado en el instante de alzarla en 

ancas de su tordillo el capitán y seguir cumbres 

arriba. 

* * 
* 

¡ El honor ! Tal era el tema de doña Flora y tam- 
bién su defensa, a estar a la opinión pública de las 
Colinas y hasta de Puerto Seco, aldeucha triste 
y ventosa, a la orilla del mar, y fondeadero del 
primer acorazado del país, nave de cinco cañones 
y dos pies de calado. 

Las Colinas se ligaba a este arenoso lugar por 
una locomotora tuberculosa, según su perpetua 
afonía, ronquidos, toses y quebrantos. El jefe de 
tráfico la examinaba, desde que llegaba bufante 
y sudorosa, y era de verlo con el aspecto de un duen- 
de, en las horas de las noche, revisar, farol en mano, 
émbolos, pistones y ejes. 

Doña Flora, al unir sus dos palabras sacramen- 
tales, echaba violentamente atrás la cabeza y lue- 
go asumía el aire grave y altanero de las sibilas. 
Del movimiento resultábala veces, un viajecito 
de la peluca hacia el occipucio y el quedar en des- 
cubierto rojiza superficie craneana, otrora «selva 
de ébanos » en el verso de un poeta local. 

El marido de la sibila practicaba el culto del 
descanso, desde la remota época en que ella y él 
encontráronse en el salón del « Hotel del Perro », 
parada forzosa de cazadores extraviados. 

Siete hijas les habían nacido, hecho siempre me- 
lancólico y mayormente allí, de donde los mozos 
casaderos se mandaban mudar con harta frecuen- 



LANZAS Y POTROS 19 

cia, unos a la guerra, algunos a otras villas. Ni 
allí, ni en Puerto Seco ofrecíales el porvenir cosa 
distinta que el presente, y el presente era sol, car- 
dales y un tren cada quince días. 

¡ Salió cierta la maldición de aquel renegado de 
don Brígido ! solía exclamar el cónyuge de la 
sibila al acordarse que en su juventud, al sorpren- 
derlo trampeando en los honestos placeres del 
monte inglés, don Brígido, el matrero, le escupiera 
al rostro un feroz ¡ Amalhaya el destino t'encaje 
una chorrera d'hembras ! 

No se juzgue, sin embargo, exuberante el gremio 
de Susanas en las Colinas, ni se repute maledicen- 
cia la salida de doña Julia, « la médica », al acon- 
sejar a su hijo soltero de regreso a sus lares: 

— Much'ojo, Juancito, que aquí la fruta se la 
comen pintona. 



En el pueblecillo residía un malhumorado filó- 
sofo. ¿ Qué vientos lo habían llevado a tales si- 
tios ? Sería, tal vez, averiguarlo, meterse en tur- 
bia investigación policial o — algo infinitamente 
más doloroso — hallarse en el polvo del olvido 
un enjambre de ilusiones muertas. 

El caso era extraño ; extraño y real, al par del 
de muchos cristianos que en otros tiempos íban- 
se a vivir entre indios. 

Si alguien se lamentaba por la muerte de un 
deudo, el filósofo lo consolaba a su manera escép- 
tica : 

— ¡ Bah ! Todos los días se fabrican cajas de 
muertos. 



20 VÍCTOR ARREGUINE 

Empleaba con frecuencia frases hirientes. 

— ¿Mi opinión sobre los escritos de Núñez ? ( se 
trataba del director de « Las bombas encadenadas») 
¿ Mi opinión ? Ahí va : cae una araña y otra ara- 
ña y otra araña . . 

No lo estimaba el joven orador "Olimpio, desde 
aquella famosa felicitación ante un público en- 
tusiasta : 

— Compañero, mis plácemes por el hermoso 
discurso que acaba usted de « expectorar » a la 
concurrencia. 

Tampoco lo miraba con simpatía don Cesáreo, 
el político que, durante su estadía en Europa — creo 
que duró tres meses — asombrara con su saber 
a la Francia. Quizá los franceses lo habrían tomado 
« alegremente » — tenía esa espina — pero los fran- 
ceses son así y eso no le impedía, al tenderse en el 
lecho, sentirse de sesenta leguas de largo. 

Pues bien, a semejante político y constitucio- 
nalista por afición, vocación, convicción y profe- 
sión ¿ no se le descolgó, en cierta oportunidad con 
el mas importuno chiste ? 

— Vea, compañero, en cuanto lo nombren di- 
putado, no se me vaya a olvidar de proponer un 
nuevo articulito a la constitución, un articulito 
que diga, poco más o menos : « Todo está permi- 
tido, inclusive violar ad líbitum la presente cons- 
titución ». Créame, compañero, a todas ellas les 
hace falta ese articulito insignificante. 

Frente a la casita del filósofo elevábase un ci- 
prés de perfil funerario. Allí, la tierra estaba árida 
y seca. Más allá, cardos y el yuyal que se comía los 
campos. 



Lanzas y potros 21 



*** 



El vecino don Justo Lara unía a sus laureles de 
ex capitán los de poeta. Iluminábalo la inspira- 
ción, bien que él mismo la fomentase Con pequeñas 
dosis de gin, Todavía era joven. Gustaba del olor 
de los pastos, del olor a pantano y del olor a vuelo 
de perdiz por él descubierto. Los versos lo perse- 
guían como abejas a la flor del romero. 

No podía pensar en una tormenta sin imagi- 
nársela 

« A rayazos con las nubes.» 

Alguna vez el genio de la redondilla estaba a 
su lado y manifiestamente lo estuvo al componer, 
en obsequio a la hija de un estanciero británico, 
aquel romance que empezaba : 

Tú llevas en las pupilas 
Las islas de Inglaterra. 

¡ Pobre capitán ! Seguido de ardientes visiones 
y ahora en el ventoso pueblecillo, sospechado de 
rapto como cualquier filósofo ! 

La causa de su salida del ejército eran ¡ ay ! 
unas asonantadas décimas y menos el escribirlas 
que el leerlas a los soldados en el vivac nocturno, 
entre mate y mate. 

El mayor, habiendo encontrado « perjudicial a 
la disciplina eso de ponerse a leer puestas a la tro- 
pa », soplóselo al comandante, y el comandante 
al coronel, viejo malísimo que prefería los caño- 



22 VÍCTOR ARREGUINE 

nazos a la banda y el maullar del gato montes al 
canto de los payadores. 

La suerte del capitán quedó decidida en cuanto 
el coronel lo mandó arrestado, con un « vaya no 
más, alférez », equivalente a un « queda usted 
rebajado ». 

Lara montó entonces su pingo y se lanzó tinie- 
blas adentro en el seno de los campos, dejando 
a la espalda las brillantes hogueras. De este modo 
hizo su entrada en las Colinas. Más adelante tal 
vez lo veamos, cana la barba, entre cicutales y ma* 
chos cabríos. Por ahora dejemos al vecindario or- 
ganizar comisiones que indaguen cual de los sindi- 
cados se ha llevado a Penélope. 

Una de «as comisiones, compuesta de cuatro 
« rujetos respetables », dos de cada facción, quedó 
encargada de explorar los dominios militares, en 
tanto la otra se dirigía a la casita del filósofo. 

Como el capitán fuese algo veterinario, concer- 
tóse que se le vería en ese carácter, pretextando la 
repentina manquera del caballo Lux, contento y 
prez de las Colinas. 

La consulta al filósofo basaríase en la hipótesis, 
ya bastante sobada, de echar un puente al río. 

La primera comisión partió en áspero silencio 
y extrañó al acercarse al término de la ruta, no 
ver salirle la perrada. Llamaron con el clásico ¡ Ave 
María ! golpearon las manos y, finalmente, el que 
hacía de automedonte tiróse del breack, empujó la 
puerta y como ésta cediese y le dejara contemplar 
el vacío, volviendo el rostro dio un ¡ Viva Saturno 
Ferreira ! y notificó victoriosamente a sus colegas : 

— ¡ Nada ! ¡ Campamento levantado 1 



LANZAS Y POTROS 23 

Sobraría decir que Saturno Ferreira era él, el 
caudillo de los inculpadores de Lara. 

Sus dos vencidos colegas inclinaron las frentes 
en señal de derrota, derrota que en otro lugar con- 
quistaba el nombre de triunfo, pues tampoco que- 
daba nadie en la casita del' ciprés. 

Esta noticia la conocieron en el camino al jun- 
tarse los dos carruajes, de regreso a las Colinas. 

No cabía ya discusión acerca de la triple fuga 
y los dos bandos diéronse, en metáfora, el abrazo 
de las conciliaciones. Y de los ocho individuos, 
el más terco, don Saturno, propuso un brindis a 
la concordia y hasta hizo un comentario digno del 
filósofo que la localidad acababa de perder: 

— Pues señores, de hoy en adelante puede afir- 
marse que los hombres han dejado de ser gallos. 



Í3ELÉN EN CÁTAMARCÁ 



Tracatrac ! Tracatrac ! Tracatrac ! ¿ Quién nd 
ha escuchado la monótona música de los vagones 
en un largo viaje ? Seguramente iba el tren cort 
gran velocidad cuando atravesábamos uno de los 
más pintorescos valles catamarqueños. A la dis- 
tancia se veían montañas azuladas, en su actitud 
serena de colosos petrificados, 

Lo cual tal vez influía para que mi compañero 
de viaje prosiguiera el poema casi homérico por 
su extensión, de las alabanzas a aquellas regiones 
de donde era nativo. 

El ruido del tren ya no cantaba tratatrac ! tra- 
catrac ! tracatrac ! Parecía más bien entonar : Ca- 
tarmarc ! Catarmarc ! Catarmarc ! 

Por fin, tras unos cuantos minutos de recorrer 
el valle, cesaron tanta Catamarca, catamarque- 
ños y catamarcanos, como habían salido de aque- 
lla boca, cráter de entusiasmos, y el hombre entró 
en una cuestión de buen gusto : una cuestión his- 
tórica. 

— Cree usted que existió Nuestro Señor Jesu- 
cristo ? 

— Creo. 

— Y que nació en el Asia Menor ? 

— También. 



26 VÍCTOR ARREGUINE 

— Celebro lo primero. En cuanto a lo segundo, 
qué testimonios podría usted aducir ? 

— Hombre ! . . . El Nuevo y el Viejo Testamento 
Tácito. . . 

— Ah, no ! No, señor ! Y no me dejó seguir. 

El nacimiento de Jesús fué anunciado por una 
estrella, ¿no es así ? que iba delante de los tres re- 
yes magos, conduciéndolos por las soledades, ¿ no 
es eso ? para que en cierta hora le rindieran home- 
naje. Pues bien, cíteme' usted un astrónomo que 
mencione la estrella, o algún autor que nos hable de 
Baltasar y sus acompañantes, o de los reinos de 
donde procedían. 

¿Me los puede citar ? 

No supe qué responderle. 

— Yo he leído las Santas Escrituras, continuó ; 
Philón, Numenio, Ammonio, Plotino, Tácito, Re- 
nán y . . . qué sé yo . . . 

Tácito habla de un Crestus, no de Cristo. Puedo 
asegurarle que este nombre no fué conocido en 
el Imperio Romano. 

— Pero usted niega entonces la existencia de 
Jesús? 

— Jamás. Soy católico, apostólico, catamar- 
queño. 

— ¿Y entonces ? 

— Vea. Voy a decirle con toda la reserva del 
caso, un fundamental descubrimiento que acabo 
de hacer. He pasado veinticuatro años leyendo, es- 
tudiando los petroglifos, los valles, las montañas, 
los astros, los cielos y los ríos catamarcanos y he 
llegado a esta conclusión : la Palestina no está en 
el Asia. Es un error de los geógrafos posteriores 



LANZAS Y POTROS 27 

a las invasiones bárbaras, que trabucaron todas 
las nociones, poniendo el mundo patas arriba. La 
ignorancia de los europeos, por otra parte, en punto 
a hechos ocurridos fuera de sus respectivos países, 
es enorme. Figúrese usted, entre otras cosas, que 
Gabriel Tarde, uno de los hombres de mayor re- 
putación en Francia y en Catamarca, asegura que 
en el Río de la Plata no hay abogados. Qué no será 
al referirse a veinte siglos atrás cuando los sabios 
escribían en cueros de oveja y los enamorados en 
la corteza de los nogales ! Es seguro que la Judea 
no radica en el Asia Menor. La Judea son estos 
valles que usted ve. 

— ¿ Ve aquellas montañas? Son el Sinaí. Los 
indios las han llamado siempre con unos sonidos se- 
mejantes. 

Entre los falsos judíos, o sea entre los asiáticos 
del Asia Menor, usted casi no encuentra nombres 
bíblicos antiguos. Mientras aquí . . . Adam, Abra- 
ham, David, Samuel, Salomón, Absalón, ¿ qué 
catamarqueño no se llama de esa manera ? Y ob- 
serve que entre las tribus abundaban los caciques 
nombrados Jonaiso, Jonasatel, Jonafraín, y que 
entre los calchaquíes precolombianos existían Da- 
vid, Sansón, Salomón, Enoc etc. Por mi parte, he 
encontrado la cruz en las peñas de estos valles, 
no una vez, muchas, lo mismo en las canteras que 
en las ollas de alfarería. 

— Y todo esto señor, ¿ a qué viene ? 

— ¿A qué viene ? Y el rostro de mi interlo- 
cutor se ensanchó como dos pulgadas a derecha e 
izquierda. 

Y añadió : ¿ Y no cae todavía ? 



28 VÍCTOR ARREGUINb 

Pues viene a esto": Catamarca es la Judea de la 
Biblia ; en ella encuentra usted el hebreo en su per- 
fecta pureza, hablado por los naturales ; en ella 
nació Nuestro Señor ; de la estrella que anunció 
su llegada he encontrado reveladores testimonios 
en las rocas de Chapí, en las que Ten Kate sólo vio 
rituales ; en ellas figura la escena del nacimiento 
en rústicos caracteres ; los tres reyes magos fue- 
ron tres Incas del Perú. 

— ¿ Y usted va hasta Buenos Aires ? 

Y hasta Roma. Voy á ver confidencialmente 
a su Santidad y a proponerle que establezca su 
asiento en Belén de Catamarca, que es la piedra de 
que habló Jesús a San Pedro. 



LA DERROTA 



En triángulos que al abrirse forman una recta, 
con todas las aves de frente, y al cerrarse otra que 
no lleva de frente sino un ave, pasan las gaviotas 
azotadas por la tempestad. Negros de ira, así como 
multitudes empujadas por vientos de sangre, van 
los oscuros nubarrones ; marchan y contramarchan 
entre voces atronadoras. Los álamos cabecean ¡ sí ! 
¡ no ! ¡ sí ! ¡ no ! 

De los vientos en lucha, el vencedor empuja á 
su pueblo de nubes. Para el viento y las nubes que- 
dan de firme. Todo enmudece, hasta que la cente- 
lla hiere los resonantes cielos. Trepida el trueno : 
diríase una borrachera de montañas. Los ganados 
tiemblan, agrupados, ancas al rumbo por donde 
llegaron las nubes. A cada estampido corre un tem- 
blor por esas pobres carnes. Sus almas difusas in- 
vocan acaso una Providencia lejana. Entre la tem- 
pestad, otra tempestad de lanzas. 



Ríe el alba. Junto a los carros de los vendedores 
hay grupos de soldados. Pehüé, el indio añoso, está 
al lado del carrito de Dora, « la estrella », mote del 
uso particular de la tropa. Inaccesible es «la es- 



30 VÍCTOR ARREGUINE 

trella ». No lo olvidará nunca el bravo aguilucho 
Fausto Lares, a quien un día, previo un « no se 
pase comandante », le arrojó a la cabeza la pava 
de agua hirviente. Vuelan los teros de rojas púas 
alares en el aire rosado. El sargento Núñez, sen- 
tado en el suelo, lo está rayando con su puñal. 
Blas Benavente pulsa la guitarra para que « la 
estrella » lo oiga. 

Parte la horda guerrera. Los jinetes, en medio 
de la noche, marchan semidormidos. Los campos 
salvajes, pisados por tantos centenares de cascos, 
huelen á trébol y menta. A ratos se oye un pedo de 
caballo o se baja un gaucho para apretar la cincha. 



Seguido de un hilo de humo, Blas lanza su men- 
saje de muerte. Habría querido enviar su deseo 
exterminador en haces de rayos. Tiene miedo y el 
instinto le grita ¡ mata ! ¡ mata ! elimina el peli- 
gro cierto, la fuerza ciega, la carne de cañón ene- 
miga. Y el mozo avanza, heroico a los ojos de los 
demás, hacia las cuchillas coronadas de relárnpi 
Y en aquel instante, entre el aquí y el más allá, pa- 
san las novias, las figuras candidas por la imagi- 
nación de la mozada. 



El enemigo adelanta de colina en colina. Ahora 
son los jinetes quienes, en marea de hierro, se 
acercan. Ya resplandece la hostilidad en las bri- 



LANZAS Y POTROS 



31 



Uadoras lanzas. Chocan los irritados batalladores. 
El que venía tocando a degüello ca< de un lanzazo. 
Cruzan el campo furiosos corceles. Uno parte a ga- 
lope, arrastrando a su dueño, cadáver, con el pie 
enganchado al estribo. De bruces, de espalda, de 
costado caen los hombres. 



En el paso del río se ha atrabancado la derro- 
ta. Jinetes en tropel se precipitan sobre el paso ; 
carros tumbados, a lo largo de los árboles indife- 
rentes ; un asustado, con' el doble terror del hom- 
bre y de la bestia, atropella el montón y se tira 
en la corriente. 

En la misma margen, al pie de un tala, yace en 
pedazos el carrito de « la estrella ». Pehué se aproxi- 
ma y ve muerta de un balazo en la cara, a la flor 
del campamento. 



El comandante Lares, rodeado por una vein- 
tena de los suyos, lucha en estrecho valle de rocas. 
Le hubiera agradado luchar en la llanura, a ple- 
no sol, pero empujado por la avalancha allí ha lle- 
gado, en reculadas de león, dando zarpazos, en- 
tre relámpagos de sables. 

El había soñado vencer con su presencia : lu- 
char él solo contra el mundo entero. Está, pues, en 
su día, en su deseo realizado. Pero esta realidad no 
corresponde a sus visiones : es más prosaica, me- 
nos heroica, mucho menos sobrehumana. No ; no 
es esto lo que ha visto otras veces en sus sueños he- 



32 VÍCTOR ARREGUINE 

roicos. Gauchos rotosos, de ancha pata ennegre- 
cida, se abalanzan a él, le tiran tajos, molinetes, 
golpes de plano y punta y también lanzazos, que 
él para devolviendo golpes, recio, ligero, sin per- 
der el aplomo. Su ensueño de pisotear hombres, 
de hacer sentir su valor, está allí, viviente, real, 
aunque él no lo crea. Por todos lados vienen nue- 
vos batalladores melenudos, dando gritos, blan- 
diendo lanzas, agitando facones. Lares ni ve ni 
oye. No se da cuenta de las palabras sucias de sus 
contrarios, ni de sus ojos relampagueantes. ¿ Son 
cien ? ¿ Son mil ? Es todo un regimiento contra 
veinte hombres ; luego contra diez, contra cinco. 
El comandante arremete, retrocede, se echa ya a 
un lado, ya a otro, salta, tajea, corta, pega, pin- 
cha ; su espada hace giros, cae a modo de hacha, 
se va a fondo, allí en medio de los últimos compa- 
ñeros. Es hora de morir. 

¡ Cancha a un guapo ! vocea un indiecito, y lle- 
gándose de una atropellada a Lares, le pega con 
su « corvo <> en la muñeca y la espada salta. Cin- 
cuenta armas se vuelven al valiente, y el valiente 
cae de costado, sujetándose los intestinos derra- 
mados por una lanza. Los caballos retroceden, 
pero los gauchos los espolean y se acercan más y 
más al caído. 



AMOR QUE PASA 



El maíz, vencedor del desierto, levantando sus 
millones de penachos como un ejército de valien- 
tes, no dejaba ver bien el rancho, oculto en la 
ribera del río. 

La áspera tierra se volvía mansa y tranquila 
bajo la acción de las raíces forcejeantes. El soplo 
de la primavera corría avivando el instinto que 
hace tejer su cesto al gusano y a la flor encarnar 
el agitado estigma. Las yeguas, altas las ancas 
bañadas de sol, vagaban en raudos galopes, per- 
seguidas de lejos por potros salvajes. 

Las pitas alzaban sus columnas cilindricas, en 
cuya copa iba á desarrollar en breve el verano un 
cosmos de oro. 

Sólo Juan, sordo al vital ejemplo, permanecía 
insensible en la puerta del rancho. Sólo él sentía 
una negra tristeza que amarilleaba su recio sem- 
blante. 

Por eso no vio llegar por el polvoroso sendero una 
cabecita de niña, una jovencita apartando los pas- 
tos sin causar ruido. Venía dulcemente, sostenien- 
do una pequeña batalla, apartando los nutridos 
hilos fibrosos que le atajaban el paso, venciendo 
aquel verdor tapizado a trechos de amapolas, vír- 
genes cálidas que llevan en su seno el ensueño. 



34 Víctor arregu;ne 

Avanzaba la cabecita rubia, ostentando un som- 
brero de paja. A veces la tapaban los pastos como 
si fueran olas, y luego otra vez reaparecía, sobrena- 
dando en el verdor, envuelta en la aureola del día. 

Juan sintió angustia, casi miedo, cuando la 
miró cara a cara. Era una alba visión y se presen- 
taba a sus ojos, ceñido el talle por una cinta roja. 
Si alguna vez la abuela Mitología le hubiese habla- 
do de las ledas ninfas, creyérala la Ceres joven, 
surgiendo de los prados en flor, la diosa de los 
trigos, hendiendo el aire con su figura candida. 

Al verla, quedó en éxtasis. Ella lo había mirado 
con su luz de estrella, turbándolo todo, y él la vio 
alejarse, lentamente, lentamente, bajo el arco de 
triunfo del firmamento, y sintió que su vida que- 
daba encadenada a lo imposible. 



No lejos del rancho de Juan levantábase la casa 
blanqueada de don Hipólito, viejo veraz y tomador 
de mate, casa en que se festejaba todos los años 
a San Isidro, patrono de los campos sembrados, 
casa también donde se respiraba un aura de sa- 
lud y de cariño, que no podía emanar sino de dos 
lindas trigueñas, siempre con grandes rosas o 
cintas de colores, en las matas capitosas del cabello. 

A fuerza de pasar por « las casas », Juan llegó a 
detenerse en ocasiones bajo la fresca ramada y 
aun a departir, sobre algo más que los vaticinios 
del tiempo, con el viejo hacendado. 

Hablaban de la guerra una tarde, de la roja 



LANZAS Y POTROS 35 

guerra en cuchillas y llanos, cuando aparecióse la 
menor de las morochas. 

En un arbolito próximo cantaba un cardenal 
de rojo copete ; lejos, el rojizo polvo, se contorsio- 
naba como un payaso ; en los bajíos ardía la tar- 
de ; la bóveda celeste mentía la copa de caolín 
de un horno infinito. Juan pidió un jarro de agua, 
que le alcanzó Filomena, tan encendida como una 
nube de fuego que flotaba en el Occidente. 



Más adelante, las lunas de enero vieron algo 
que no quisieron revelar a las auras, y el rugoso 
ombú supo también de una pasión y se regocijó 
esperando ser testigo de un nuevo idilio, el más gra- 
to para él, por tratarse de una morocha a quien 
hubiese podido llamar su biznieta. Pero fué vana 
la esperanza del pobre árbol viejo, que oyó en una 
ruborosa mañana la desdeñosa despedida del mozo : 

— Me voy del pago, Filomena, porque no te 
quiero perder y . . . para que me olvides. 

Sin embargo, de parte de la muchacha la des- 
pedida fué más tierna y fué regada con llanto. Juan 
se alejó y al estar a dos o tres cuadras refrenó su 
caballo para volver el rostro por última vez. Di- 
visó a Filomena, le mandó un adiós con la mano 
y picando espuelas se alejó cantando tristes ver- 
sos de amores, que oyeron indiferentes las salva- 
jes pitas del camino. 



SUGESTIÓN 

Era un hombre temido, no por sus enormes, ne- 
gras y revueltas barbas ; no por sus chicos, hondos y 
malignos ojos, ni siquiera por su catadura de des- 
almado. Lo conocían y sabían que el valor no for- 
maba la nota saliente de don Santos ; pero cuando, 
en su carácter de comisario de policía, se presen- 
taba en el lugar de un homicidio, revolviendo en 
las órbitas sus malignos ojos, y pegaba el grito : 
¡ Naides se mueva ! los gauchos sentían un escalo- 
frío. 

Y era que por sus imaginaciones pasaba la vi- 
sión de la Autoridad, de que don Santos era un 
símbolo. De aquella Autoridad de entonces que 
fusilaba a los homicidas en el paraje del crimen, 
haciendo cavar la fosa, y clavetear el ataúd de 
cuatro tablas de pino, al lado del banquillo, en los 
momentos que precedían a la ejecución y a ve- 
ces a la vista del reo. 



Por eso aquel día, cuando al término de la gran 
« carrera nacional >>, el Ñato Jacinto tendió de una 
puñalada al negro Upes, ebrio consuetudinario 
cuyo goce mayor era zaherir al forastero, los ji- 



VÍCTOR ARREGUINE 

netes y los hombres « de a pie », « volaron » en todas 
direcciones, quedó limpia la cancha, la pulpería 
sola. Y el sol de aquel domingo, que doraba los 
trigales, no volvió a iluminar en toda la tarde un 
rostro humano. Estaba ocultándose el gran astro, 
tras la línea de los montes verdinegros, frontera al 
lejano río, en el instante en que atraído por algún 
vago rumor, « cayó », como decían los lugareños, 
el famoso don Santos al lugar del homicidio y 
con su voz más tuerte y enteramente de cir- 
cunstancias, dio aunque no había nadie, el con- 
sagrado grito : ¡ Naides se mueva ! Y como los 
álamos parecieron acatarlo, dejando de rumo- 
rear en sus altas copas, echó pie a tierra, or- 
denó a sus dos acompañantes — dos policianos 
indios — hicieran otro tanto, y con la gravedad de 
la conciencia pública avanzó, penetró en el nego- 
cio, donde los blancos frascos de ginebra — no 
todos llenos — reposaban, y tras un interrogato- 
rio autoritario al dueño del establecimiento, esperó 
a que llegaran los curiosos, que, en efecto, dándo- 
se cuenta de la presencia de la autoridad y creyen- 
do con esa circunstancia alejada toda sospecha, 
fueron « cayendo » de uno en uno, simulando 
cabal desconocimiento de cuanto horas antes pre- 
senciaran. 

Don Santos, profundo psicólogo a su manera, y 
lo que vale más, psicólogo experimental en medio 
de la vida, esperó todavía algunos minutos, hasta 
que se hubieron juntado alrededor de treinta pai- 
sanos y el comentario dio suelta a las conjetu- 
ras. Entonces se dirigió hacia el muerto, situado 
unos pasos más allá, junto a unas cicutas que la 



LANZAS Y POTROS 39 

sangre había salpicado. El negro, muy grande, 
endurecido por la rigidez cadavérica, parecía dor- 
mir con un brazo extendido. Sólo la sangre que 
las moscas y el sol habían como enmohecido, podía 
indicar a los recién llegados que aquel negro es- 
taba algo más que dormido. 

Don Santos dio al muerto con el pie, y dirigién- 
dose a los suyos impartió la orden que todos es- 
peraban: ¡A ver! Déanlogüelta, con la carap'abajo. 
Y una vez la operación realizada, muy gravemente, 
con tono profético, agregó la barbuda autoridad: 

— Aura sí que aunque sea más matrero que el 
diablo tendrá que cair el matador. Y no pasarán 
veinticuatro horas. Lo dice Santos Torres, ¡ ca- 
nejo ! 



No era la una de la mañana cuando se presen- 
taba el Ñato al sargento, dejado de exprofeso por 
don Santos junto a la pulpería, pidiendo al milico 
lo condujera preso. 

— ¿Y por qué, pues amigo ? 

— Lléveme ande el comisario. A usted, ño Pin- 
tos, no le voy a decir ni así . . . 

El resto de la noche aquellos dos hombres tro- 
taron por campos desiertos, rumbo a la comisaría, 
a la que llegaron con las primeras luces. Don San- 
tos tomaba mate a la puerta. 

Respondió a los buenos_días con un «se los dé 
Dios ». Y encarándose al Ñato : 

— Vos, le dijo, juiste el que mataste al negro 
¿ verdad ? 

— Verdá . . . 



40 VÍCTOR ARREGUINE 

— ¿Y por qué no juistes ? 

— Mire, ño Santos : Yo sabía que era al ñudo. 
Si juera por la polecía no más, a estas horas an- 
daría po ande el diablo perdió el poncho. Pero 
con los dijuntos, señor comisario, no se puede. 

El finao no m'iba a dejar juir. 



EL VATE DE PUNTA BRAVA 



Nada justificaría ante quien por primera vez 
lo viese, la colosal reputación de Serapio Courlis, 
el « esteta » de Punta Brava. Cara flaca, huesu- 
da ; dedos largos, pelo largo, brazo largo, pie lar- 
go ; dientes en el ruinoso estado de costeras for- 
tificaciones españolas, por cuyas grietas corren 
cangrejo y piojo de mar y entra y vuelve a salir 
el agua ; frente baja, ojos cegatos, oído de com- 
parar al de las moscas ; corazón sostenido a digi- 
talina ; nervios al bromuro de potasio. Su casa, 
un botiquín, sin faltar fernet para antes de la de- 
glución, ni rhum para sentar la comida. Del estó- 
mago andaba mal ; del vientre, no mejor. Jamás se 
encendiera en entusiasmos y cuando la edad pone 
fuego en las venas, él no había amado. Dos moti- 
vos se lo vedaban : lo endeble de su organismo 
y sus nociones acerca de la belleza. Para él, era 
la mujer estatua imperfecta, por su movilidad. 
El no concebía estatuas en movimiento y, fuera 
de la estatuaria, las formas humanas se le apare- 
cían faltas del noble prestigio del arte. 

El material de sus poesías, daba a entender alto 
abolengo. Un ademán de Aquiles se vaciaba en 
sus letras como propio, y se hurtara el Parthenón 
si profanas miradas no reconociesen sus líneas. El 



42 VÍCTOR ARREGUINE 

mismo, confidencialmente, reconocía no servir para 
extraer oro, aunque sí para burilar el que se pu- 
siera a su alcance. 

Al mentársele en Punta Brava, aun ios bebés 
de tres años exclamaban ¡ oh ! Y se metían los 
deditos en las narices. Bastaron, con todo, para for- 
marle opinión, las primeras dadas en su abono, 
sin duda por aquello de que las opiniones se pa- 
recen a los huevos : uno forma nidal. Roñe la gan- 
sa y en pos de ella, otra gansa, y luego todas. Y 
en el redondo mundo, al cabo los gansos imponen 
su sesudo dictamen. Famas existen que no habrán 
de dar trabajo a enterradores futuros y muchos 
alientan en la fama que, en cuanto la muerte los 
mude en frascos vacíos y les despegue el marbete 
de su importancia, harán dudar de nuestro cri- 
terio. 

Pocas ideas en los versos de Serapio el « esteta », 
en lo cual aventajaba a sus émulos, que son em- 
presas igualmente maravillosas: vivir a lo grande 
sin recursos y escribir sin pensamiento. 

Con esto y enviar a « La semana poética » los 
aplausos tributados a sus composiciones, que no- 
veles cronistas se encargaban de condimentar con 
salsas y mantecas locales, fácil le fué conquistar- 
se las modestas almas puntabravenses. Pero sería 
injusto olvidar que a semejante resultado contri- 
buyeron desde un principio don Manuel el torea- 
dor y Eneas Misto, novelista de lejano país andino. 
El primero, si acerca de asuntos filosóficos se de- 
partía, en el acto vociferaba : 

— Pus d'eso, d'eso, trata don Serapio. 

— Pero don Manuel, ¿ usted lo ha leído ? 



LANZAS Y POTROS 43 

— Pa la farta que jace . . . 

— ¿ Ha descubierto Serapio algún planeta, ha 
compuesto una ópera, ha matado un toro? 

— ¡ Quite ustez ! ¡ A mí con toros y planetes ! 
¡ Quite, jombre, quite ! ¡ Si don Serapio tiene un 
tálente y un aquel ! ¡ Y si sabe ! Digo, ¡ sabe más 
que Aristote ! 

Y tras esta cita, el ardiente andaluz asumía la 
gallarda actitud que en las plazas de España, cuan- 
do iba a matar recibiendo. 

El otro elogiador enviaba su voz desde Tolima, 
deseoso de ser conocido en tierra que no fuese la 
propia, donde se burlaban de sus raras sinécdo- 
ques. Y esa voz grandílocua al calificar a nuestro 
« esteta » en la más pura presa decadente, de « He- 
lios », de « Antinoo », sacaba a sus ojos algunas go- 
tas de agua salada y divina, Y de este modo, su 
fama hendió las almas puntabravenses, como un 
bajel el mar. 

U.i día pensó en casarse el ilustre vate ; en la 
dicha doméstica : los rosales, los canarios, el pe- 
rro y la cola del perro ; pero olvidóse de la novia, 
lo secundario en sus ilusiones. Dióse a imaginar : 
cantaba el canario, lucía el rosal, albeaba en el már- 
mol Venus praxitelea ; pendían de las paredes óleos 
de famosos autores, unos fuego, otros sombra ; 
un Cupido de oro disparaba sus flechas contra 
dos palomas de plata. Dormía el perro a sus pies ; 
el reloj en soporte de ónice, marcaba el ritmo de 
la vida. Al llegar la noche, arriba, una siembra de 
astros ; abajo, silencio y soledad. Y nada de 
hombres y mujeres que sufren, ni de enjendra- 
ciones de seres, empresas y delitos. 



44 VÍCTOR ARREGUINE 

Veinte años duró esta meditación imaginativa, 
este ensueño de hogar sin la presencia de la mujer, 
y al cabo, llena el alma de resecos surcos, como 
su primavera y su estío y parte de su otoño hubie- 
sen corrido hacia la Eternidad, el « esteta », el 
« vate >>, se consoló componiendo un tratado ma- 
gistral « Acerca de la majestad del arte y la dedi- 
cación de la vida a su preclaro culto ». 



MANDINGA 



La canalla heroica dormía. Eran dos mil solda- 
dos. Negros e indios, en parte. Sus ojos de acero, 
velados por el párpado, veían confusos paisajes ex- 
traterrestres. Soñaban. Todos más o menos bo- 
rrachos, aunque la batalla estaba al caer. El hecho 
difícil de concebir en otras partes, no lo era entre 
esta resaca feroz, con un borrachón por general. 

En la tarde habían sido traídas desde el horizonte, 
apresadas por una nube de lanceros, dos carretas 
colmadas de cascos de aguardiente. Y el ardiente 
líquido había corrido a destajo. 

Jefes, soldados, oficiales, y hasta los mismos 
desesperados conductores de la carga, bebieron 
como en un bautismo de campo. Nadie velaba. El 
chino Severo, el coronel, roncaba bajo un cañón : 
un pie descalzo ; el otro con una bota. 



La montonera enemiga rondaba, fiera banda 
de cuervos. Un jinete negro, tizón de los enormes 
incendios de las luchas civiles, fué el primero en 
acercarse. Negro, chiquito, de ingenio diabólico, por 
mal nombre Mandinga. Mandinga era bailarín y 
cantor, amén de embustero. Un día^tuvo el cora- 



46 VÍCTOR ARREGUINE 

je de jurar a un tal Polidoro, ser hijo de padres blan- 
cos, explicando el accidente de su negrura con un 
antojo. Allá en otro tiempo, en el pueblo, atajaba 
a cualquiera, y si era criollo, — ¡ Mi coronel ! le 
decía, y si era inglés, — ¡ Milord ! y sin más pre- 
ámbulos le refería su caso — Vea. mi coronel, ando 
enamorao de una rubia que baila en el cafetín de 
aquí a la vuelta. No le pido pa comer, ni pa ma- 
marme ; le pido pa bailar una polca con la rubia. 

Y de cada Veinte — cálculo de Mandinga — uno 
lo « habilitaba », y era de verlo entonces zarandearse 
con el hermoso animal dorado en el Bar de las 
ochenta naciones, rival de la Cova di Lixandrixa. 
Bailaban y bailaban Carbón y luz, sin que los 
heteróclitos parroquianos del << Salón », soldadesca 
y compadres, parasen mientes en la extraordina- 
ria pareja, ni en que Luz tenía más luz en los ojos 
cuando los fijaba en el lanudo cráneo de su ca- 
ballero. 



Mandinga vio en el campo los guerreros dormidos 
y con su destreza de mono, bajando del caballo, se 
fué a gatas a un oficial y le quitó la espada. Lo 
propio hizo con el fusil de un individuo de caballería, 
y al paso condujo hasta su jefe la nueva y el testi- 
monio de sus dichos para que no le repitiese aquello 
tan sabido : ¡ cosas de negro ! 



Los gauchos de Feliciano Aran entraron con vio- 
lencia de ciclón en el dormido campo. En medio de 



LANZAS Y POTROS 47 

la carga brutal los beodos se atajaban con inseguras 
manos, creyendo continuar un ensueño. ¡ Maten ! 
¡ Maten !, gritaba un jefe de la montonera, y ¡ Ma- 
ten ! ¡ Maten ! se repetía de hombre a hombre, bajo 
la claridad de una luna muy grande y de un puñado 
de luceros. 



Pero de pronto Feliciano, el general medio poeta, 
medio matrero, sintió que la angustia le mordía. 
¿ Cómo, él, matando gente indefensa ? ¡ No ! y en 
un arranque de alma gaucha, ordenó al trompa to- 
car a caballo y retirada. La banda creyendo que el 
toque fuese equivocación esperó un instante, y cuan- 
do la voz áspera del jefe resonó sin dejar lugar 
a dudas : — ¡ Muchachos, a caballo y a galope ! 
obedecieron de mal humor, siguiéndose un trueno 
de cascos. 



Galopaban todos menos uno. Ese, Feliciano, 
el caudillo. Nadie se daba cuenta de que faltase. 
La vanguardia pensaba que iría a retaguardia y 
ésta que avanzaba a la delantera. El único en darse 
cuenta fué el negro, que habiendo ganado distancia 
púsose a acechar en un recodo del camino. Contem- 
plaba el desfile, y cuando hubo pasado hasta el últi- 
mo, no viendo a su general, — ¡ Muchachos ! vo- 
ceó, el general se nos ha quedao atrás ! Fuese que 
no lo oyesen o no le hicieran caso, el galope no se 
detuvo. Siguió, siguió, hacia las oscuras márge- 
nes del lejano río. Entonces Mandinga dio vuelta, 
rumbo al enemigo, sin parar hasta ver a la clari- 



48 VÍCTOR ARREGUINE 

dad de un fogón algunas siluetas. Hacia ellas es- 
poleó su caballo. Un ¡ alto ! lo detuvo. 



Conducido a presencia del general enemigo, 
hallólo con el suyo y sus ojos se abrieron hasta el 
espanto. 

— ¿ Vos también prisionero ?, articuló Aran. 

— ¡ Cómo ha de ser, mi jefe. Pero, ¿ por qué se 
dejó tomar usté, general ? 

— A mí no me tomaron. Me entregué no más. . . 
pa pagar la culpa de matar hombres dormidos. 

— En ese caso la culpa es mía, general. Yo fí 
el que le llevó la noticia ; yo fí el que robó el fusil 
de un milico y una espada ; yo fí el que le dije : 
vea, general, aproveche la bolada, que estas ocasio- 
nes no se presentan dos veces. 

— Verdá, afirmó Aran. 

— ¿No ven ustedes ? — y el negro miraba los 
zahereños rostros enemigos. — ¿ No lo ven ? Afu- 
sílenme a mí, pero suelten al general. 



EL ÍDOLO DE LUNA VERDE 



Desde su alto trono ambulante, Juan Belén mi- 
raba a los peatones con el menosprecio de un rey. 
Emperador a su guisa, su pueblo componíanlo tres 
caballos : Tigre, Overo y Vamos, y se creyera fe- 
liz si no lo conturbase la maldición mayor echada 
por alguna antigua deidad sobre el alma del hom- 
bre : el propósito de realizar inasequible ensueño. 
Piedra filosofal ayer, tesis de felicidad social hoy, 
siempre la misma nube de cambiante forma y va- 
rio color. 

El elixir de larga vida, venía a ser en Juan el 
carrero la imagen de Sofía Cruz, el diabólico ido- 
lillo de Luna Verde, que traía revuelta a la huma- 
nidad viril del lugarejo, con sólo su manera de in- 
clinarse al regar sus clavellinas. 

Suspiraba por ella, en primer término, sacando 
largos suspiros desde las comarcas del diafragma, 
don Pepe Puentes, hidalgo andaluz, ya vejancón, 
que aseguraba haber llegado muy cerca de la luna 
una noche que caminara por Andalucía, siendo cau- 
sa de no arribar, no el salto de planeta a planeta, 
el ser la luna encendida bola de azufre. Acercóse 
tanto, sin embargo, que el fuego le chamuscó los 
bigotes y el olor lo dejó desmayado en las hierbas 
hasta que el viento de la aurora templó el calor y 



50 VÍCTOR ARREGUINE 

disipó en parte los sulfúreos 'vapores. 

Don Pepe, por una contradicción natural, de 
ésas que ponen ojos azules en caras morenas, des- 
collaba, a pesar de ser rico y malagueño, por su 
excesiva afición al trabajo, que él calificaba con- 
cienzudamente de « mardita manía >>. 

Veíasele en invierno, en escarchados amaneceres, 
podando sus perales y nudosos albaricoques y tre- 
parse a los altos álamos en primavera y arrancar 
uno a uno los capullos de ios bichos de cesto ; per- 
seguir al taladro, roedor de los guindos, y a la hor- 
miga ladrona ; rasquetear la horra yegua de sus 
paseos, y por añadidura instruir al perro en di- 
ferentes hábitos de honestidad y ejercicios milita- 
res. Tan avaro era, en fin, que araba la tierra a la 
láctea luz de la luna, porque « er tiempo no güerve ». 
Sufría de amores este casi explorador de Selene, 
y aún cometió, cierta mañana de San Juan, la 
bobería de pasar doce veces frente al portón del 
idolillo, sin otro premio que la burla enigmática 
del Mefistófeles del jardín. 

Suspiraba también, pero mucho menos ruidosa- 
mente, Venancio el boyero, muchacho cetrino y 
callado. En su seriedad de indio, apenas si una tur- 
bia mirada, dirigida de soslayo al ídolo, permitía a 
los sagaces penetrar en el breñal de su pasión. Para 
los demás, la turbia mirada se identificaba con la 
de los bueyes, siendo de creer, que ni la chica la 
notase. 

Juan Belén no reparaba en éstos rivales ni en 
otros de tal laya. Tenía << el palpito », como buen 
criollo, de que el principal, D. Pepe, a fuerza de 
ser flaco e imaginativo, no pasaría del amor pía- 



LANZAS Y POTROS 51 

tónico, y si en lugar de guiar bestias hubiese teni- 
do las luces de Bragas — a quien cuatro o cinco im- 
béciles habían, como ocurre a menudo, transfor- 
mado en sabio famoso, — o la biliosa inteligencia 
de Pérez Vidrios, redactor de « La Voz del Árbol » 
periódico literario y de oposición a la autoridad 
local, ¡ qué ingeniosa tesis hubiera podido zurcir, 
demostrando como locura, flacura y fantaseo im- 
posibilitan para el amor fecundo, e ilustrara fácil 
y terminantemente su proposición con el ejem- 
plo de << Don Quijote », arquetipo de enamorados 
locos, enjutos y dados a tejer imaginerías en la tela 
de sus propios cerebros. 

No miraba así a Petronilo, alias Termómetro, 
con que lo rebautizara el alcoholista Angelín, para 
explicar facultades de acomodamiento al superior. 
¿ Le dolían las muelas al teniente alcalde, don 
Hipólito? Pues Petronilo atábase un pañuelo a la 
cara. ¿ Se ponía serio don Hipólito ? Serio y ceji- 
junto, el secretario. Y por los odios y cariños de 
éste se graduaban los de aquél. Ambos gustaban 
de iguales manjares y al presentarse juntos en el 
<< Bar de la Tormenta >>, el mozo traíales dos copas ; 
jamás dos botellas. 

En armonía con ellos andaba otro pretendiente 
del ídolo : Pericles Moro, abogadillo de ensortijado 
pelo, menos afortunado en el trabajo que el pro- 
curador don Perfecto, acaso debido a una vaga su- 
posición de bellaquería, acaso a su constante tren 
de discurso, cual si apuntara a todas las diputa- 
ciones de! universo. 

Como nadie dejaba de huirle, pocos conocían 
su pensamiento y, pues es el pensar el hombre, 



52 VÍCTOR ARREGUINE 

bueno será echar, de paso, una mirada ai abreva- 
dero de su mente. 

Iguales a muertos en sus nichos, mostrando ama- 
rillentos lomos, a modo de descarnadas vértebras, 
yacían alineados en sus anaqueles, grandes libro- 
tes, heredados unos, comprados otros a libreros de 
viejo, pedidos, no pocos, a préstamo y no devuel- 
tos. En un estante, códigos ; códigos en el de más 
abajo, y a derecha de todos, capitán y guía, el « Fue- 
ro juzgo ». Luego « La Ciudad de Dios », sermo- 
nes, « Vulgatas a ( varias ediciones ) ; hagiogra- 
fías, 39 tomos del periódico «La Fe» y otros pro- 
ductos edificantes. Moro explicaba su preferencia 
de lo sagrado sobre lo profano en su necrópolis 
mental, argumentando que el derecho viene de Dios. 
Así, el cristiano, está todo en los mandamientos,, 
y lo estuviera el mahometano en el Corán si Alah 
fuese Dios y los mahometanos concibiesen el dere- 
cho. Y si no estaban el indostánicoy el persa en sus 
libros sagrados, era debido a la nimia importancia 
de los «Vedas» y del « Zend Avesta ». El Estado, 
sombra de Dios, lo cual no era óbice para inclinar 
a esta lumbrera a la aceptación de revueltas triun- 
fantes siempre que ellas favoreciesen « sus prin- 
cipios individuales ». 

En el sentir de Juan Belén era Moro el más te- 
mible de los rivales y sino lo menospreciaba asen- 
tía en cambio, a la cáustica alusión de don Pepe, 
el cual, al pasar por su lado el abogadillo, lanzara en 
presencia de diversas personas, ubicadas en torno 
a las mesitas de la « Confitería del Honor », una 
de sus frecuentes^puyas : ¡ Jasú ! ¡ Jasú ! Qué olor 
a muía, cabayeros ! 



LANZAS Y POTROS 53 



No inuños trastornados con las gracias del ído- 
lo, andaban el lagañoso y mentiroso director de 
« El Aviso », y Pérez, el de « La Voz del Árbol », a 
quien los hados reservaban por esposa la hija de 
un choricero. Y del mismo pie que ellos, cojeaba Jun- 
cos, el cuentista, amante del campo y de los es- 
tribos viejos con fanatismo caballar. Incapaz de 
sorprender los aspectos eternamente novedosos del 
cosmos, compartía sus horas entre la fácil litera- 
tura de los periódicos y el coleccionar « fierros » de 
caudillos bárbaros y lejanos. 

Necesario hácese a esta altura dar idea de la espe- 
cie de periodismo, a cuya falange pertenecían estos 
tres mozos. Para ello, es lo mejor ceder la palabra al 
difunto doctor Tardáguila : 

« En el periodismo opositor de treinta años atrás, 
y en el actual de algún ignorado rincón de tierra 
adentro, era y es posible encontrar al anteingenioso 
sobreviviente a la danza de las espadas. Este ejem- 
plar presume de fuerte a tenor de lo que chilla, 
y hasta de talentoso, ignorando la moderación de 
la fuerza y el concentrado brío mental de lo con- 
ciso. Locodiós, estentóreo, absolutista, iracundo 
y embustero, sus escritos imitan siempre el timbre 
trágico. No concibe sencillez ni buen humor y si 
le hubiese tocado vivir con Voltaire, a buen segu- 
ro que lo hubiera molido a palos. En el suburbio 
de las ciudades se le ve, raramente, ejerciendo de 
moralista o de profeta, y tal cual vez se crece en 
la campestre soledad, que la soledad mal aconseja 
a los débiles, y el aislamiento mental, con no per- 



54 VÍCTOR ARREGUINE 

mitir la visión de las grandes lides del mundo, con- 
duce a equivocar el estornudo local con el rumor 
distante de la fragua a cuyo fuego se elaboran 
destinos. 

Afortunadamente los comisarios campestres de 
procedimientos expeditivos,han ido limpiando la tie- 
rra de estos abrojos intelectuales y me parece que la 
cosecha con que al fin habrán de presentarse al jui- 
cio divino, o tal vez sólo al de la posteridad, no será 
otra que ei haber deslomado a alguno de esos es- 
critores que titulan « Día nefasto » al de una elec- 
ción municipal y « Sagrada causa de las libertades 
públicas » la de sus compinches de « beberaje » y 
fracasadas tentativas de expoliación, sustentada en 
la pringosa hojita, vaciadero del disparatado con- 
tenido de sus molleras y del dinero con que pagan 
los bombos adivinas, curanderos, fabricantes de 
específicos y demás cuenteros del tío, de la tía y de 
la madre que los parió. 

En el fondo, semejantes periodistas, gente fa- 
mélica de elogio y muy segura de la eficacia y aca- 
so eternidad de sus macanazos, en razón de lo cual, 
nada valen para ellos cumbres mentales, ni cuanto 
pueblos admiraron y reverenciaron. Cavernas de 
mucilaginosos sapos ! 

Ante ellos pasará en lo futuro, semejante a un 
San Jorge, armado de fulmínea espada, la silueta 
del comisario campestre. Y ellos se morderán las 
orejas si no prefieren ahorcarse con sus propios in- 
testinos ». 

Hasta aquí nuestro bilioso difunto amigo. En 
cuanto al comisario de Luna Verde, D. Santos Pé- 
rez, por mal nombre Santidad Rompehuesos, si no 



LANZAS Y POTROS 55 

era precisamente un arcángel exterminador, era 
al menos un atropellador de bandoleros, que para 
él se dividían en tres castas : de daga, de uña, de 
tin<:a, a quienes trataba con la consideración que 
le había merecido su ingrato mote. Mote sobre- 
llevado no sin carraspear cada vez que a sus es- 
paldas sonaba a media voz la de un gaucho: 

— Ahí va Ruempe . . . 

El autor de la broma, hombre desocupado y « ca- 
nuta », solía sentarse al borde de los caminos y des- 
de allí zaherir a los trabajadores que iban a su tra- 
bajo. Su inteligencia, sin ser de mayores quilates 
que las de ellos, lo ponía sobre la generalidad de 
sus conciudadanos. Todo estribaba, según él, «en 
haberle sacado punta ». Este perillán solía afir- 
mar solemnemente, si la casualidad lo ponía próxi- 
n o a « ciertas personas » : Lo que es Sofía Cruz va 
a entrar de monja para agosto . . . 



U ía noche de primavera, en tanto los astros re- 
fulgentes parecían, unos caer sobre el horizonte y 
otros, en bandada, lanzarse en sereno vuelo hacia 
el ocaso, Juan Belén, iba rumbeando al caserón 
del capitán Lara, el chivero, pronto a revelarle 
recónditos pensamientos. El caserón, de paredes 
descascadas, resistiera, de años atrás, iras del 
sol y furor de tormentas; soportara el rayo; viera el 
viento invernal lanzarse al asalto de las estrellas,, 
desafiara bíblicas lluvias y tremendas sequías; pero 
a lo que ya no podía oponerse era al forcejeo de las 
raíces del palán-palán y otros yerbajos subidos a sus 



56 VÍCTOR ARREGUINE 

flancos y techos. Por flancos y techo se agrietaba, se 
abría, lloraba, si los vetustos caserones lloran; un 
enorme pino, único ejemplar en los alrededores, am- 
parábalo en lo posible, y se dijeran dos ancianos ami- 
gos, contándose añejas historias. El árbol tenía, se- 
guramente, mucho que contar. Había visto, a la 
luz de las lanzas, nacer la nación, aunque tal vez 
poco le importase, y en más de un caso cobijara 
bajo sus torcidas ramas a caudillos melenudos ccn 
igual despreocupación que ahora a los cabritos de 
D. Justo. 

Otra curiosidad local: el caballejo de esta excelente 
persona; caballejo que dentro de las hipótesis teo- 
sóficas hubiese podido pasar por la reencarnación 
de Rocinante, tanto mientras filosofaba su caba- 
llar filosofía, como cuando, con remedo de guerrerD 
andar, conducía a su jinete y amo de levita y ga- 
lera de felpa, y bota, todo de color y olor a polilla. 



El chivero, luego de oir la confesión de Juan 
Belén, a la luz de una vela : 

Muchacho, le dijo, lo tuyo no deja de ser un ma- 
caneo del corazón, aún cuando en materia de amor 
hánse visto cosas mayores. ¿Sabes tú qué es el amor? 
Puras flores. Nos gustan las rosas porque no dan 
frutos. Los dieran, y adiós rosas. La fantasía, como 
el baile, ese aperitivo del casorio, nos ofrece de- 
masiado. Por lo que hace a la chiquilina, chifla- 
dura de tantos, ¿ puedes tú competir con el 
señor Puentes, ni siquiera con el badulaque de 
Juncos, el de los versos iguales a los de cualquier 



LANZAS Y POTROS 57 

autor traducido ? Ni con Pérez, por mucho que 
comas con él en la misma fonda. A lo más, si lle- 
garías cola con Venancio, que devora la cascara 
de sus penas sin decir nada. 

A tí te vendría de perilla la hija de la gallega 
Ordeña, la de las vacas. Es sucia y de pata en el 
suelo, pero la compone lo colorada, lo sana, lo fuer- 
te. Te atalajará los caballos, les dará ración y agua 
a su hora. Lava, plancha, remienda. Te conviene. 

— Yo no he venido a eso, D. Justo. 

— Ya sé. Voy a la otra, hijitq. Como tiene la 
cabeza llena de hombres, nunca, nunca servirá para 
nada. Poner los ojos en ella y pedirme te escriba 
cartas para ir a tirárselas en el jardín ... No creía 
yo tan bárbaro el poder de la muchachita. En mi 
tiempo, una así ¿ sabes ? se tomaba para el titeo. 
Vamos ¡Vamos! como dice el gallego Vázquez. . . 

Reflexiona chorlo y tu corazón ha de volver 
a su lugar. Déjate de cartas, pues por bondadosa 
que fuese la pizpereta siempre te tomaría de misto. 
Y tendrías al fin que largarte de aquí, si no te ocu- 
rriese lo que al Vasquito. El cual, como todo el mun- 
do sabe, se pasa los meses al lado de las iguanas 
y las iguanas no le huyen de tan alelado que lo ven. 
.Mírate en ese espejo. Cuando el vasquito vino a 
Luna Verde, no se conocía en los hornos cortador 
de ladrillos que lo igualase. Plata labrada de los 
hornos, hasta que le dio por festejar a la sobrina 
de Agárrete. Agárrete, la sobrina de Agárrete, el 
novio de la sobrina, las visitas, la cocinera, los mis- 
mos peones de la estancia, todos se divertieron de 
lo lindo con él, haciéndole la farsa de los amores 
correspondidos, hasta que el pobre vasco compren- 



58 VÍCTOR ARREGUINE 

dio el juego y se dio al chupis. Y después a la so- 
ledad. Y más tarde a tocar aires de sus montañas 
en zanjones y caminos. Y ahora lo ves como un 
santo de la antigüedad entregado a la compañía 
de las iguanas y de las tortugas. También él me 
pidió una carta para su fulana. Yo me negué a ese 
delito, como me niego a este otro. En la vida hay, 
Juancito, bizcochos, pan de primera y de segunda 
y hasta de acemite, para los pobres. Gracias que 
puedas comer pan de segunda y te levantas con 
pretensión a mazapán. Lo propio que si mi ma- 
tungo quisiera ganarle una carrera á todos los rle- 
tes de míster Morgan. 

— No es eso don Justo. Ni en sueños he pensa- 
do lo que Vd. supone. 

— Entonces, aquí, o tú estás en pepe o yo es- 
toy loco. 

— Voy a decirle. Yo no quiero sino que ella 
sepa de un corazón más en su rueda de corazones. 

— Se va a reír en grande al verte pasar. 

— No crea D. Justo. La carta ha de ir sin nom- 
bre, con el sentimiento no más. 



A la siguiente mañana, al ir al jardín el idolillo, 
recogía de junto a una amapola cierto sobrecito 
torpemente envuelto en rosado papel. Sonrió. ¿ Se- 
ría otra vez Termómetro ? 

— Pero si no tiene firma ... Y leyó y halló elo- 
cuente la misiva. Le decía tantas veces sol, paloma, 
palmera, todas esas viejas tonterías estiladas por 
los poetas ... (El chivero era algo poeta, aún vi- 



LANZAS Y POTROS 59 

viendo entre chivos, y en su juventud había com- 
puesto infinidad de décimas asonantadas, que le 
valieron la separación casi ignominiosa del ejér- 
cito ). ¿ De quién podría ser? ¿De quién no? De- 
bía ser de él, del abogadito que la amaba en si- 
lencio ! 



Algo después D. Pepe vendía sus bienes y se lar- 
gaba del lugarejo, porque, según él, en Luna Ver- 
de se había vuelto insoportable el olor a muía. Y 
más adelante, Juan Belén dio en imitar al Vasqui- 
to; pero, dicho sea en su honor, con un programa 
sin aires melancólicos ni rústica compañía de 
iguanas. 



BUEN TIEMPO 



— ¡ Buen tiempo ! — exclamó el médico, vien- 
do desde los cristales cómo se desjplomaba el cielo. 
Caía en cordeles con furia y pesadumbre la lluvia, 
saltando en esferitas al tocar el suelo ; compac- 
ta, casi oscura, tomando a la distancia el aspec- 
to de un cortinaje plúmbeo. Los transeúntes co- 
rrían a lo largo de las paredes. 

Un caballo de panadero humeaba en una es- 
quina. 

— ¡ Sí, buen tiempo — coreó como un eco el 
cliente, dando un cuarto de conversión en la cama. 

La amarillez de la ictericia confundía su ros- 
tro con la camiseta de franela que lo abrigaba. 

¿ Ironía del médico aquella exclamación ? Bien 
podía serlo. Entre relámpagos, truenos, nebli- 
na, aguaceros y lodo, iba corrido un mes. Pocas 
veces justificó mejor su acierto el diario más po- 
pular de la aldea que al bautizar derechamente 
al temporal de diluvio. 

Aun cuando el enfermo de azafranados ojos 
no se sentía en tren de discurso, el galeno, que 
no se atrevía a irse, por temor a tal cual chispa 
eléctrica que restallaba distante, prometiendo 
dar fin al reinado de los acuosos vapores, ensa- 
yó, para no acordarse de la hora que perdía, un 



62 VÍCTOR ARREGUINE 

diálogo llamado a languidecer por la pobreza del 
asunto. 

— Vea. don Cristóbal : no ha de opinar usted 
como nosotros. (En este «nosotros» incluía evi- 
dentemente a sus colegas profesionales ). Estos 
días, desesperantes para ustedes, ( alusión a los 
profanos ) son una bendición para el médico. 
Abundan constipados y pulmonías que es un con- 
tento. U:i chiflón cualquiera tuerce al vasco más 
recio y le manda una soberbia hemiplejía. El me- 
nor descuido zampa en una misma casa dos o tres 
chicos con sarampión o escarlatina. La viruela 
y la bubónica— especialidades ajenas — reciben cua- 
renta fustigazos. Lna herida insignificante se echa 
a perder, y no vale la consabida carne caliente 
con azufre. ¡¡Espléndido tiempo! 

— ¿Cómo así? 

— Yasé con que se me viene. Pero, nosmoriríamos 
de hambre (siempre el estilo representativo) si de 
continuo reinaran buen aire y buen sol. El aire y la 
luz arruinan la profesión. Vienen a ser como la 
seca y la langosta para la agricultura. Y en cuanto 
al sacerdocio de la ciencia ( debió pronunciar la 
palabra con mayúscula) le diré : hay dos aspec- 
tos, el profesional y el humanitario. Quien no 
trabaja, no come. El juez y el abogado viven de plei- 
tos, asesinatos, estupros y ¡qué sé yo! Si mañana 
muriesen todos los ladrones y pleitistas, se cerrarían 
de cuatro juzgados, tres, y las salas de la Facul- 
tad de derecho se verían desiertas. Las comisa- 
rías serían para tomar mate con los amigos. El ar- 
tista necesita del público; el periódico del co- 
mercio; el gobierno, de periodistas y partida- 



LANZAS Y POTROS 63 

rios oficiosos ; el vendedor de lentes, de présbi- 
tas y miopes ; el pedicuro, de callosidades. Y todo 
así. Razonable es entonces que el médico celebre 
como debe la época próspera. 

Mucho más habló el médico famoso por sus « igua- 
las » con sangradores y farmacéuticos, a cuyas bo- 
ticas enviaba sus recetas. Y en tanto iba deshilando 
su charla, en el doliente día invernal, el ictérico 
lo miraba sorprendido, sin recelar que aquel hom- 
bre juramentado para batirse contra la muerte, 
le había « fabricado » la enfermedad lúgubre que 
de los siete colores del iris toma uno y con él tiñe 
el alma y el cuerpo de sus víctimas. 



EL CABALLO MORO DE QUIROGA. 



Cinco mil jinetes en línea, temblaban con un solo 
temblor al pasar frente a ellos el tremendo jefe, con 
la cabellera revuelta y los ojos escrutadores. Con 
una orden suya, desiertos quedaban campos y ciu- 
dades, y los ejércitos contrarios al penetrar en el 
país del caudillo creían pisar las tierras de la de- 
solación, y el planeta que rueda en los espacios, 
ágil y florido, perdía su encanto hasta sugerir te- 
rror aqueróntico. En la guerra, en el amor y en el 
juego era invencible, según la imaginación popular, 
el auténtico rey del llano. Cuando partía para los 
combates, volaban en pos de él los buitres gauches- 
cos y el oro del sol esplendía en un torbellino de 
lanzas. Cuando conquistaba aldea o ciudad, su 
primer mandato, mandato de muerte. Si se hallaba 
para el caso algún viejo, mejor. Fusilar un inválido, 
un septuagenario, gran consternación para el pue- 
blo. El fin tenido en vista, « aterrorizar », se al- 
canzaba hasta lo inconcebible. El rigor parecía 
tanto más fiero al aliarse a la debilidad de la víc- 
tima. Nadie reparaba que el echar carne inútil 
a la gran Devoradora podía responder al intento 
escondido de economizar vidas en flor, aunque 
éstas tampoco dejaran de caer cuando el segador 
gaucho quería. ¿ Gaucho ? El más gaucho. Al re- 



66 VÍCTOR ARREGUINE 

ñir una acción deja de lado infantes, cañones. 
¿ Creéis, pregunta Sarmiento, que es torpeza ? 
« No : es gala de gaucho. La infantería deshonra el 
triunfo, cuyos laureles debe coger desde a caballo. » 

Suma la bravura del león y los instintos de la 
hiena. León ha nacido. Hiena se ha hecho qui- 
zá por cálculo. 

No conoce únicamente las llanuras que pisa y 
las huellas de un guanaco en la serranía : conoce 
las almas entre quienes vive y las domina con un 
gesto porque las conoce. 

En cierto final de batalla, en el desbordamiento 
de la fuga, para sus gauchos y fusila a un sargento 
porque ha comentado la derrota. La derrota le 
echa encima una nube de jinetes y él con su lanza, 
solo, gigantesco en el camino, detiene la nube en- 
sangrentada. Más temen los suyos su acero que un 
bosque de aceros. Entre el rayo y la lanza de su 
jefe, se quedan con el ravo. La vida de sus gau- 
chos para él ¿ qué vale ? Una vida humana y un 
yuyo, igual. En el juego desprecia así también las 
onzas de oro, y por eso gana. Partida en que esté, 
se sigue tres horas ó tres noches. Se encarniza con 
la suerte y la doma. 

Los gauchos creen de veras que trata con espí- 
ritus familiares y que ha pactado con poderes ocul- 
tos. Su caballo moro es profeta y le aconseja pe- 
lear o no pelear. Su caballo moro le cuenta el rum- 
bo de sus contrarios y el sitio y hora del encuentro. 
Los gauchos lo contemplan como o un ídolo, con 
un sentimiento de estupor. 

Además, el jefe dispone de unos hombres que 
se transfiguran en tigres, auténticamente. Son los 



LANZAS Y POTROS 67 

capiangos, animales misteriosos que nadie ha visto, 
pero que no permiten duda. El jefe los suelta hom- 
bres, de noche, y al entrar al real enemigo son fieras. 
Estamos como se ve, en pleno imperio de la Fá- 
bula, o en pleno país de encantamiento. Las ficcio- 
nes de Ariosto palidecen ante esta realidad. Un 
comandante a quien el general Paz ordena le traiga 
150 jinetes se presenta con 30. 

— Y los demás? 

— Los demás, general, se me desertaron ano- 
che, durante la marcha. 

— ¿ Cómo así, amigo ? 

El comandante responde con palabras de un 
sentido enigmático, y no es sin oblicuas miradas 
recelosas que confiesa habérsele dispersado la tro- 
pa, al saber que el terrible guerrero trae ; para la 
futura batalla, 400 capiangos. Contra un regimien- 
to luchará cada gaucho ; contra un gato sobrena- 
tural no pelearía un millón de gauchos. 



En vísperas de Oncativo, cenaba Paz con sus 
oficiales y jefes, y con ellos un vencido, un coman- 
dante de la Sierra, Güemes Campero ; se charlaba 
de los poderes misteriosos del caudillo del llano ; 
« todos reían, tanto más cuanto el comandante ca- 
llaba, evitando decir su modo de pensar ». La 
conversación paró en lo del caballo moro, « con- 
fidente, consejero y adivino del ya dos veces de- 
rrotado Quiroga». Entonces fuégeneral la carcajada, 
en términos que picó á Güemes Campero, que ya 
no pudo continuar con su estudiada reserva. Se re- 



68 VÍCTOR ARREGUINE 

vistió, pues, de toda la formalidad de que era ca- 
paz, y tomando el tono más solemne, dijo : « Seño- 
res : digan ustedes lo que quieran jarían cuanto se 
les antoje ; pero lo que yo puedo asegurar es que 
el caballo moro se indispuso terriblemente con su 
amo el día de la acción de la Tablada, porque no 
siguió el consejo que le dio, de evitar la batalla ese 
día; y en prueba de ello, soy testigo ocular, que ha- 
biendo querido poco después del combate mudar 
de caballo y montarlo, el moro no permitió que lo 
enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, sien- 
do yo mismo uno de los que procuraron hacerlo ; y 
todo esto era para manifestar su irritación por el. 
desprecio que el general hizo de sus avisos. » 

Sobrábale razón a Paz, para opinar que si él 
no hubiese debelado a Quiroga, éste « hubiera po- 
dido erigirse en un nuevo Mahoma, ser el fundador 
de una nueva religión ». 

Peleó después de esto recia batalla el caudillo, 
perdiéndola. Perseguido de cerca, huía con cien 
o ciento veinte lanceros, en continuo soliloquio. 

— Sí... fui un bruto ! Toda la culpa es mía. 
¡ Si hubiese escuchado al moro ! . . . ¡Si hubiese 
traído los capiangos como me aconsejaba el moro!... 
¡ Bien hecho por haberme apartado de lo seguro 
y tirar un lance puramente mío ! Y de vez en cuan- 
do se metía la nerviosa mano en la enmarañada 
cabellera y se tironeaba aquel boscaje. Y el caballo 
moro huía también, de tiro, y los lanceros en fuga 
lo miraban como a milagroso acompañante ; y en la 
cara del caudillo no veían indicios de malicia, sino " 
un furor interno contra si propio, un maldecirse 
que le salía a la mirada. 



LANZAS Y POTROS 69 

Que los indígenas de Méjico creyeran a los ca- 
ballos de Hernán Cortés inventores de las armas 
de fuego, no es extraño. 

Que jinetes nacidos, por decirlo así, sobre cor- 
celes, criados entre potros y que morían junto 
a las bestias, creyesen en las facultades extrate- 
rretres del moro, es lo que no se explica sino es 
por la avasalladora fascinación ejercida sobre sus 
almas incultas por otra de que en antiguas edades 
pudo arrancar un rey o un profeta y que brotada 
en la áspera Rioja, en un siglo demasiado viejo, 
vino a parar en el más espléndido y terrible con- 
ductor de lanzas del Nuevo Mundo. 



ALMAS GUERRERAS 



Ver en sus ojos era ver el fondo de una gruta de 
leones. Cuando miraba firme, pocos eran los bravos 
que resistían su mirada. En cierto sentido ¿ no se- 
ría una reencarnación de Aigiar, hija de Caidú, 
llamada « luna brillante » por los tártaros, y a 
quien Marco Polo vio ir a los combates y desmon- 
tar y arrastrar a los más audaces guerreros ? 

Los gauchos le llamaban « la águila » ; las hem- 
bras, le llamaban « la víbora ». 

Sus padres . . . pero tenía padres ? Habíala en- 
contrado una paisana vieja entre las matas de 
maíz, hacía dieciocho años ; la había recogido, 
siendo pequeñita ; la había visto perderse entre 
las zarzamoras, cuando no era más alta que una 
planta de lino ; la había retado por andar a to- 
padas con los carneros y a guantones con los pe- 
rros bravos. 

Cuando la paisana la vio por primera vez, la 
criatura estaba echada de espaldas, mirando al 
sol que se filtraba por entre las matas. Mitad pen- 
sativa, mitad agresiva, fué creciendo ; su alma an- 
tojábasele a todos alma de varón. A Pedro el tro- 
pero, se le escapó una vez este dicho : « hija de 
indio ». La verdad es que nada atestiguaba en ella 
parentesco con la raza amarga extinguida a lan- 



72 VÍCTOR ARREGUINE 

za y a fuego. Sus manos eran dignas de un ma- 
drigal. 

Juana — nombre que le dio un viajero cuando 
tenía cuatro años y al que mordiera la mano al ser- 
le echada el agua simbólica — no había sentido 
ninguna pasión. Su castidad no peligraba con los 
ejemplos de toros y caballos salvajes. Eso sí, no 
podía dejar de pensar en el ardor imbécil de los 
animales, ni impedir que sus sensaciones se trans- 
formaran en ideas de un orden bien raro. Formu- 
laba sin palabras sus juicios, para ella sola, y en 
el fondo de su alma compadecía a los seres entre- 
gados al fatal volver de la vida, que ella conce- 
bía como un flujo y reflujo, una ondulación sin 
objeto. 

Un carnero degollado ? Un carnero parido. Un 
pato echado a la olla ? Uaa nidada, linda y ama- 
rillenta en el corral. Y lo mismo las plantas ; y lo 
mismo los hombres. 

Recordaba a D. Tomás, muerto en la guerra, 
siendo ella muy niña, y pensaba en los cinco hijos 
del viejo, cinco hermosos muchachos, con el ver- 
dor de las campañas de Artigas en los ojos som- 
bríos, soñando en peleas a lanza en las cuchillas. 

¡ Brutos ! pensaba. El pato nace, se divierte ; 
está en su gloria nadando, y al fin sucede que lo 
agarra la vieja, lo degüella, lo despluma y se lo 
come. Y el hombre igual. Crece, juega, se chancea 
y viene la guerra y lo destripa. Otros vienen y 
otros. . . y siempre lo mismo ! 

En sus pensamientos sin forma, la guerra era 
para ella una entidad superior, una diosa malvada 
de cuyos designios no se daban cuenta los gauchos. 



LANZAS Y POTROS 73 

Y en aquella tarde de enero, mientras pasaban las 
carretas de rechinantes ejes, rodeadas por el fue- 
go del sol, y rodaban por el polvoroso camino car- 
gadas de lanzas y custodiadas por soldados, Juana 
acostó el mate junto a la pared de la cocina y rá- 
pida, cual las fabulosas amazonas, montó en el ca- 
ballo ya enjaezado para traer agua del arroyo, y 
de un solo galope estuvo a los instantes en medio 
del grupo de carretas. 

— ¿ Aonde va la moza linda ? Tal preguntó 
un sargento en cuanto ella estuvo cerca. 

— Párense ! fué el grito de la hermosa mujer, 
grito imperioso, subrayado por un gesto del bra- 
zo. Y en la orden había una fuerza tal, una su- 
gestión tan viva, que no sólo el sargento, pero tam- 
bién las carretas más próximas, de las veintitrés 
que marchaban al Norte, se detuvieron. 

— Diga, moza, y pa qué quiere que paremos ? 

Ella no respondió. Partió a galope hacia el ex- 
tremo algo lejano del convoy, hacia la primera ca- 
rreta que marcaba el rumbo e iba rodeada por 
cuatro lanceros. 

El mismo grito, el mismo imperio en el ademán 
de su diestra, el mismo relámpago en los ojos. Los 
soldados no sabían qué pensar. 

— Si estará loca moza tan linda ! 

Por fin el sargento, el hombre de mayor gradua- 
ción en el grupo, se presentó seguido de dos mu- 
chachones cavilosos, se acercó a ella y la interpe- 
ló secamente : 

— Diga, moza, y por qué nos hemos de parar ? 
No ve que vamos a San Ramón y que sernos sol- 
daos ? Y finalmente, — en tono menos áspero : 



74 VÍCTOR ARREGUINE 

¿No le anuncea e! corazón que le podemos hacer 
algo ? 

Ella lanzó una carcajada que resonó en el aire 
rojizo, y aprovechando la indecisión de los hombres 
y sintiendo como un parto de ideas afluir sus pen- 
samientos de otras veces, en su lenguaje natal 
alzó la voz por encima de todos : 

— Vean que hay zonzos en esta tierra ! Armas, 
carretas llenitas de armas, pa achurarse unos a 
otros ! Y a qué santo? 

El sargento, un tanto cohibido : 

— Y qué quiere que hacemos, moza linda ? 

— Qué hacer ? Vayan y tiren todo eso al arroyo. 

— Pero moza, déjese de bromas y vea que se- 
rnos soldaos y que tenemos un comendante, que 
aunque no está aquí . . . 

Otra carcajada resonó en el aire cada vez más 
rojo. 

— Sí, moza, prosiguió el sargento con cierta 
flojera en la voz, el general si hacemos eso, nos ju- 
sila. 

— El general, ¿ y qué es eso ? Algún sarnoso que 
le ha pegao la sarna al gauchaje ! . . . 

— El general es el que manda, articuló el sar- 
gento. 

Algo muy turbador debió pasar por el cerebro 
de la joven, porque levantando el rebenque, 
de un salto de la bestia se echó en medio 
de los hombres y ciega de coraje, como gran- 
de abeja indignada, ágil y brillante, descargó sus 
golpes en rostros y espaldas de aquel montón de 
gauchos, duros y valientes al igual de los tártaros 
del rey Kublaí, que llevaba un leopardo a la grupa. 



LANZAS Y POTROS 75 

Roja venía !a tarde y roja hasta el cabello re- 
gresaba Juana a su rancho, sin que uno solo de 
aquellos jinetes se atreviera a seguirla. 

— ¡ Pucha, moza mala ! fué el único comenta- 
rio que murmuró un conductor de carretas, mien- 
tras los otros marchaban pensativos por los cam- 
pos desiertos. 



DOS Y DOS 



El mulato Zacarías, guardaba el secreto del hur- 
to de las manzanas de don Pío, su señor. Las hue- 
llas de barro adheridas al muro imitaban admira- 
blemente las del calzado del otro peón, Manuel el 
gallego, a quien el mulato dominaba con sus astu- 
cias. A veces lo encendía en ira, relatándole el 
caso supuesto de otro gallego que, al venir a Amé- 
rica, habiendo hallado, al desembarcar, en la pla- 
ya una moneda con el busto de Carlos III, arroja- 
da por la resaca, ya no quiso hacer otra cosa sino 
irse día a día a la arena a buscar duros, como si 
para él los acuñase la marisma. 

Con frecuencia perdíase el mulatillo a lo largo 
de la sinuosa y profunda zanja seca, sin que don 
Pío maliciase que allí se atiborraba con golosinas 
hurtadas al huerto o la despensa. Antes lo suponía 
amor a la soledad, pues más de una vez creyera 
sorprenderlo en coloquio con los jilgueros, y por- 
que el zanjón, lleno de recortadas sombras de espi- 
nosas matas, rayado a trechos por la sombra lar- 
ga y fina de algún pitón, matizado, a trozos, por 
picadas sombras de heléchos, brindaba al cuerpo 
reposo y a los ojos deleite, siendo en los ardores 
de estío cual baño de frescor y bálsamos. Húme- 
da sombra, donde prendían enmarañada zarza y 



78 VÍCTOR ARREGUINE 

oloroso hinojo ; sombra leve y clara donde ralos 
espínillos dejaban penetrar las espadas del sol 
liasta dibujar discos de oro en el desnudo suelo, 
según un cantar de Lucio Encina, el Virgilio rús- 
tico de aquellos contornos. 

Quedaba en la comarca el aliento de la guerra. 
En la superficie del campo todavía podían verseáis- 
persas aquí y allá, medio descubiertas por las lluvias, 
cantidad de balas de plomo, como así mismo tal cual 
oxidada bala de cañón, tal cual casco de granada. 
Lo que más llamaba la atención de los arrapiezos 
del lugar, no era ni la zanja, ni el plomo que fun- 
dían para fabricar, según la libre fantasía del aire, 
figuras en moldes de arena. Tampoco las pesadas 
esferas de hierro, ni los botones de cobre, con e! 
escudo nacional, única memoria que aun existía 
de los soldados muertos otras veces en los comba- 
tes. Éralo el cañón viejo, caído hacia un lado, una 
rueda en el aire, la otra encajada en el zanjón. El 
viejo monstruo, aunque apuntando al cielo, en 
actitud dramática, era ahora la mansa muía de los 
pilletes. Lo montaban de dos en dos, de tres en tres, 
taloneándolo con pies descalzos, para que arran- 
case. Además, el haber higueras y un grupo de pi- 
tones en la hondonada donde el cañón vivía — 
porque para los chicos no era una pieza muerta — 
favorecía la popularidad del inofensivo monstruo. 

Descendían las pitas, las esbeltas siempre ver- 
des, hondonada abajo, y allí, junto al cañón, al- 
zaban sus priápicos tallos, ebrios de flores nausea- 
bundas, cuajadas de oro vivo, oro en charrete- 
ras, como si invisibles generales — o visibles bajo 
el aspecto de bohordos — se hubiesen agrupado en 



LANZAS Y POTROS 79 

silencioso consejo de guerra. Para tranquilidad de 
los pilletes jamás asomaba por allí la trompa de 
« el Mico », alias con que alguno de ellos, rencoroso, 
intentara definir al mulato. 



Dos muchachas hermoseaban la casa, el jardín, 
el huerto y a veces el campo de don Pío. Porque 
era mucha la tierra de este grave español. En sus 
lindes el campo dedicado a los vacunos, en nada re- 
'cordaba refinamientos civilizados. Los peones ves- 
tían y vivían a la antigua ; el cardo crecía a sus 
anchas, en manchones ; pero a medida que se de- 
jaba atrás la zona pastoril, la vaca, el zorro, la viz- 
cacha, el aspecto del suelo se modificaba por la 
presencia de árboles. Después, venía la chacra, 
con su cultivo de maíz y zapallos ; más adelante, 
el huerto, y, ya cerca del villorrio y del camino, 
el jardín con sus altos muros y sus puertas coche- 
ras, una hacia el campo, otra al camino. En el centro 
del jardín embalsamado por magnolias y rosales, 
la mansión de don Pío, casi un palacio, y encan- 
tado palacio con relación a las chatas viviendas 
de Luna Verde. 

La menor de las jóvenes denunciaba en su pa- 
lidez casi terrosa y en lo largo de sus pestañas, 
en las cuales se descomponía la luz como al tra- 
vés de un prisma, el terrible mal incurable. 
Se la creyera rodeada de un nimbo ; dijérase que 
sus pensamientos llevaban alas. Semejante al tri- 
go siberiano, que germina, crece y florece en bre- 
ves semanas, presintiendo la glacial blancura, la 



80 VÍCTOR ARRCGUINE 

vida de la jovencita ganaba en intensidad los pla- 
zos que el hado le restaba. 

El Virgilio rústico, alguna tarde, viéndola de 
lejos, había compuesto versos en su honor, lla- 
mándole : 

. . .Suave perfume 
De las florestas hacia el mar enviado. 

Como este excelente muchacho fuera primo de 
las dos jóvenes, ni el trato ni la frecuentación de 
la casa estuviéronle vedados ; pero él, habiendo 
advertido que la mayor, Inés, lo miraba con peca- 
minosa curiosidad — cosa natural en una mujer- 
cita de veinte años — le envió unas estrofas que 
acabaron por ser fiero muro entre él y la casa. Ver- 
sos muy largos para ser transcriptos, en sustan- 
cia decían : « En el mundo moral, no se cumple la 
sideral ley de Newton. Puedo tener un sapo a mis 
pies sin preocuparme de él mayormente que del 
emperador de la China. Y puedo pensar en Homero, 
que ya no existe y quién sabe si existió nunca. 

La grosera ley sideral no sabe sino de esferas. 
Pudo haber poblado los cielos de cuerpos trian- 
gulares, exagonales, octogonales y de otras mil 
formas. Pero le falta el don de la complejidad. Sólo 
la vida se crea sus formas geométricas variadas, 
propias a engendrar la hermosura. No hay color : 
el color reside en nuestra retina. No existen vicio 
ni virtud. Virtud, un poco de sol ; vicio, exceso de 
sombra. 

Amor es encantamiento. Si pudiéramos contem- 
plar a nuestras amadas en su totalidad ; si fuesen 
como el cristal transparentes y viéramos al tra- 



LANZAS Y POTROS 81 

vés de sus cuerpos circular la sangre y cumplirse 
las demás funciones vitales — como cuando al 
levantar la tapa de un reloj vemos andar su me- 
canismo — Amor nos abandonaría en una hora. 

Prima, primita Inés : Si no existiéramos en el 
mundo sino tú y yo, probablemente la humanidad 
se extinguiría. Én cambio, fuéramos Adán y Eva 
yo y tu hermana y la renovada creación poblárase 
de Hércules y de dioses. 

Base de mundos, el éter. Base de la eternidad, 
el ser. Lo que s° hace en un segundo, para la eter- 
nidad se hace. Un hecho nadie lo anonada. 

Prima, primita Inés : Posible que nunca haya 
hablado de esta suerte un poeta a una hermosa. 
Mas yo no soy culpable, prima, primita Inés. » 



Una noche D. Pío prolongaba la sobremesa con 
varios amigos. La luz enérgica del gas se echaba en 
ia caliente oscuridad de estío por puertas y venta- 
nas sobre los limoneros y magnolias del jardín. 

Por algún presentimiento D. Pío ordenó a lt 
mucama : 

— Dile a la niña Inés que venga. 

Al rato Laureana reaparecía diciendo : 

— Señor, la niña no está en ninguna parte . . . 



Meditó D. Pío. Nada dijo. Esperó que se fueran 
los amigos y entonces salió seguido de su perro, 
llevando una escopeta de dos caños, un saquito de 



82 VÍCTOR ARREGUINE 

munición y una roja lata de pólvora. En vano erró 
parte de la noche ; en vano atisbo la silueta de los 
árboles fantasmales y creyó oir en el repentino si- 
lencio de los grillos pasos furtivos que eran el eco 
de sus pasos. En vano casi rodó por la fábrica del 
ruinoso horno de ladrillos, en cuyo derrededor de 
día revolaban juguetonas golondrinas y de noche 
chirriaban murciélagos y lechuzas de ojos fos- 
forescentes. 



En adelante ya no se vio al mulatillo. Ni a Inés 
tampoco. El Virgilio local compuso un poema cam- 
pestre explicando el hecho y haciendo intervenir 
en la fábula al Amor, a los sátiros y a las ninfas. 



EL TIGRE DE CERROS NEGROS 



— ¡ Toma, pavo ! — Y de un revés, Benigno 
Pintos echó por tierra al bravucón Anacleto Dulce. 

Revés igual no se recordaba en la tradición esco- 
lar de Cerros Negros, y eso que descollaban repu- 
taciones como Isidoro Gallo, con su apodo de Cho- 
colatero, y Sinapismos, cuyo nombre de pila habíase 
olvidado por falta de uso, sin contar a Francisco 
Hermidas, Sacamuelas, alias sobrellevado orgullo- 
sámente como diploma de sus habilidades. 

Benigno era alegre, chancero, botarate. Su cara, 
semejante a un suelo sacudido por terremotos, 
ostentaba tantas y tan hondas señales de viruelas, 
que en cualquier centro algo civilizado sugiriera 
el recuerdo de Mirabeau. No allí. Allí le llamaban 
Luna de terracota aunque, dicho sea en honor de la 
verdad, su calificativo más común era el tigre. 

Sus compañeros lo estimaban casi en lo que va- 
lía y el viejo maestro español, antiguo capitán de 
fragata ( el informe procede de fuente sospecho- 
sa y según otro español lo de « capitán » podía tra- 
ducirse por « cabo de cañón >> ) si alguien le iba con 
delaciones acerca de lo que impropiamente se dio 
en llamar «la tiranía de Benigno », escuchaba la que- 
ja como quien oye un cañoneo a 3.000 millas de 
distancia. 



84 VÍCTOR ARREGUINE 

La noción del peligro faltaba en el tigre. Bien lo 
demostró la vez que un perro rabioso se metió en 
el corral del vasco Ipar, mordiendo a los mejores 
caballos. El muchacho, en dos saltos estuvo entre- 
verado con las bestias y sin reparar en los tiros 
que de fuera llovían, se trajo al perro en alto, pre- 
sa de la garganta, y ya estrangulado lo arrojó a 
los pies del concurso, un veterano policial y media 
docena de vascos herreros. 

Pero este dominador nato no abusaba de sus 
poderes y era de verlo, si se deliberaba en los re- 
creos, sobre jugar a mancha o rayuela, argumentar 
frente a los pequeños y aun soportarle groseras bro- 
mas al jorobadito Gurrumina y tonterías a Pam- 
ba^o, el hazmerreír de los contornos. 

— Vos tenes fuerza, pero no sos plata dora- 
da, solía decirle Gurrumina, cuando no prefería 
adjudicarle el tratamiento de « ¡ chino bestia ! » 
reemplazado a veces por este delicado eufemismo 
local : « ánima bendita »> . . . 

— Mira, — respondía el fuerte, con la ventaja 
de sus catorce años sobre doce — aunque seas más 
inteligente que yo, eso no es razón para envolver- 
me. Haces mal en acaudillar á los rayueleros. ¡ Qué 
diablos ! La mancha da calor y hace correr la 
sangre. 

Y en pos de esto : 

— ¡ Muchachos, a la mancha, el que quiera ! 

Y allá iban todos, hasta el jorobadito, a trazar 
de carrera, en el gran patio blanco, curvas, rectas, 
zigzages, cuerpeadas y gambetas, alrededor del al- 
jibe y de los limoneros. 



LANZAS Y POTROS 85 

— ¿ Qué quisieras ser tú ? — le preguntó un 
día el maestro. 

— ¿ Yo ? . . . El mar ... O más\ bien ... y 
aquí puso el nombre del dictador de los dominios 
donde se empinaban los fantásticos Cerros Negros. 

Así creció el muchacho, respetado y escuchado. 
Y ya fuera de la escuela, hasta en las reuniones de 
compadritos y ruedas de gauchos, él era figura 
central. 



Hace algún tiempo, paseándose por el tranqui- 
lo villorrio de los Cerros Negros, el condiscípulo Are- 
nales, dio de manos a boca con un corpulento ciu- 
dadano que le dirigió la palabra. 

— ¿ Vos por acá ? Vagos recuerdos, a manera 
de aves lejanas, atravesaron la memoria del con- 
discípulo. Aquella cara era de « alguien » muy próxi- 
mo a otras horas de su existencia. — ¿ Cuándo ? 
La duda se arrimaba a la perplejidad. 

-*- Pero hombre, ¡ qué memoria la tuya ! Ya no 
te acuerdas de la escuela, del capitán de fragata, 
del limón del patio, de Gurrumina, que murió ; de 
nadie ... Ni siquiera de Pintos, el tigre. 

— Ah, sí, Pintos ... — y se anudaron en un 
abrazo. 

— ¿ Siempre aquí ? 

— Siempre. Como aquellos cerros . . . 
-¿Y? 

— Ya sé : lo que he hecho de mi vida, de mi 
fuerza. Mira, allí en frente. 



86 VÍCTOR ARREGUINE 

Arenales volvió los ojos y en el letrero puesto 
sobre vieja puerta leyó : 

Panadería de Benigno Pintos 

Pan — Galleta — Factura de toda clase 



FRENTE A ILION 



(Murallas de Montevideo. A la derecha tunas, 
olivos y cipreses. A la izquierda una batería. En se- 
gundo término, la ciudad y el mar. Pueblo, mujeres, 
soldados y oficiales. Canje de prisioneros ). 

Grupo de mujeres. 

Una sitiadora — No tenemos una flor en el cam- 
pamento. 

Una sitiada — Aquí las cultivamos en los bal- 
eemos. No nos faltan claveles, ni dalias, ni espue- 
las de caballero. 

Otra sitiada — ¿ Ves aquel mozo alto que vie- 
ne hacia aquí ? 

Sitiadora — ¿ Quién es ? 

Sitiada — El teniente de los versos. 
Sitiadora — ¡ Qué bien ! De día nos apunta con 
su cañón y de noche apunta a las estrellas. 

Un viejo que pasa — En el Cerrito hay mucha 
lccnuza. . . 

Otra sitiadora — Los nuestros se divierten 
de otra manera. Los domingos, en la plaza de to- 
ros de Restauración, Olid hace de picador y el doc- 
tor Joanicó hace de banderillero. 



88 VÍCTOR ARREOUINE 

Otro grupo. Soldados. 

Un sitiador — Contame, negro, como fué la 
atropellada de ayer. 

Un soldado negro — Figulate que el almilante 
blaailelo venía con nueve buque leclamando un 
macaco que se le jué con Garinbalde y Melchol Pa- 
checo subió a la sumaca, una sumaca como ete bo- 
nete; y con un cañoncito asina, se le jué al abol- 
daje y ai no ma lo palo al inglés. 

Sitiador — ¿ Y si el inglés no se para ? 

Negro — ¿Si no se pala? Hué ! Le mete bala 
ai no ma ! 



Otro grupo. Soldados. 

Una voz — ¡ Que cante Alburquerque ! 

Varias voces — ¡ Ese no! 

Otra voz — ¡ Que cante Pintos ! 

Alguien — Pal carnero. 

Voces — ¡ Que cante Luna ! 

Luna — Gracias, muchachos. Tengo el garguero seco. 

U\ T soldado ( pasándole un porrón de ginebra ) 

— Velay, remoje. 
Luna ( bebe, preludia, cania ) : 

Los gauchos matreros» 
Tienen sus ideas : 
En cualquier camino 
Saben les espera 
Una vez la muerte, 
Luatrola tristeza. 



LANZAS Y POTROS 89 

Duermen en los yuyos 
Lo mismo que bestias. 
Como gavilanes 
Fieros merodean 
Tras alguna vaca, 
Tras alguna oveja. 
Desde lejos miran 
Lucir las haciendas, 
Y trotar los potros 
Detrás de las yeguas. 



Fui gaucho matrero 
Sin rancho ni ley 
Mientras de tus ojos 
No me enamoré. 
Tú no sabes Lola 
Cuanta es mi pasión ! 
Sólo te comparo 
Con alguna flor. 
Con la flor más linda. 
Con la flor de luz : 
Con la estrella grande 
De la Cruz de Sur ! 



Otro grupo. 

Dionisio Burgos ( comandante sitiado ). — En- 
tonces, hasta que se muera, nos estará sitiando 
tu general ? 

Francisco Burgos ( capitán sitiador ). — De us- 



90 VÍCTOR ARREGUINh 

tedes depende ... Y tu Melchor Pacheco ¿ capi- 
tula o no ? 

Dionisio — Primo : tú lo sabes : esa palabra 
no existe para él. Ahora se va a Europa, a defen- 
der la República. 

Francisco — Extranjero ! ¿ Pero de qué re- 
pública hablas ? Si es ésta de Montevideo, con sus 
legiones de negros, italianos y franceses, tu salida 
vale un aplauso. Cincuenta manzanas, un muro, 
un foso, tres mil soldados... Una república... 
Cuatro gatos, el espacio que un carancho atravie- 
sa en cinco minutos ... de dictador un viejo, que 
se va á comer masitas al mercado... Una repú- 
blica! ... Al pescar un bagre, los vecinos se agru- 
pan alrededor del animal y lo devoran con los ojos. 
Y si no comen carne con los ojos, de otra manera 
no la prueban. Los franceses que hacemos prisio- 
neros, caen al medio día, cuando el hambre los 
empuja al arroyito ( señala al campo con el brazo ) 
a pescar ranas . . . Una república ! 

(A lo lejos pasa un guerrero rubio. Viste camiseta 
roja. ) 

Una voz — ¡ Viva Garibaldí ! 

wTRAS VOCES, MAS PRÓXIMAS — Viva ! 

( Toque de clarín en las murallas ). 



PONCE ARANA 

— En mi tiempo ... — y frunció el ceño ei vie- 
jo bandido. 

— ¡ Y en su tiempo qué, don Amílcar ? 

— El robo de aves quedaba para los negros y 
ios pilletes de seis años. 

— Ese no es el género de hoy. El género de hoy 
es el asalto. 

— Valiente ... De tres contra uno. Y ese, grin- 
go. ¡ Ratones ! Y escupió fuerte. 

— No tal, don Amílcar. El género es expuesto. 
A veces hay que darle al otario. 

— De atrás . . . 

— ¿Pasaban las cosas de otro modo en su tiempo? 

— Vea, mozo ; se conoce que usted no ha oído 
mentar a Ponce Araña. ¡ Cómo se olvida en este 
mundo lo mentao otras veces ! Pero estoy mal del 
pecho y no quiero hablar . . . 



Fué otro día que, medio chispo, refirió en la pul- 
pería de « Los tres claveles » su encuentro con el 
comisario, aunque disfrazando su individuo con el 
seudónimo de su compadre Juan Recio. 

— Ponce Araña — empezó diciendo — no quería 



92 VÍCTOR ARREGUINE 

que lo llamasen así. Le decían don Ponce cara a 
cara, y por detrás, Araña. Apelativo bien hallado, 
de veras. 

En el juego de naipes, sus manos podíaif pasar 
por dos arañas encogidas, cuando sostenía la ba- 
raja en el aire, orejeándola despacito ; arañas que 
salían de la cueva, si pintaba bien ; arañas despa- 
tarradas en el camino, que saltaban si se tendía 
de repente. Araña era en la comisaría, en el fondo 
de su despacho, y araña correteando el campo. 
Araña brava con la mosca y brava con el avispón. 
No es por hacer menos a nadie, pero no he visto 
comisario tan toro. 

¿ No ha notado, amigo, alma de araña en la po- 
licía ? Pues éste les daba a todos bola vista y jura- 
ba que en su sección no había de tolerar a nadie que 
se apartase de la ley, y lo cumplía. ¡ Canejo, si lo 
cumplía ! Matrero que caía en sus uñas, lo mandaba 
« destinao » al ejército. En los batallones sacaban 
de esta madera unos milicos flor. En la guerra 
del Paraguay se quemó bastante de esta leña. 

Mi compadre me dijo una tardecita : Me voy a 
los pagos de Ponce Araña, para hacerlo rabiar. Con 
que, sf tiene algún encargo para él, ya sabe . . 

— ¡ Pero qué va a hacer, compadre ! — le dije. 

— Vea — me respondió : — de entrada le pego 
fuego a la comisaría y después le salgo al camino a 
Venancio Cruz, el que fué ayudante de Venancio 
Flores. Lo peleo, le quito el caballo y le ordeno que 
vaya a avisarle a Araña. Y se fué. Era duro el hom- 
bre. No tomaba. No fumaba. Y si le daba por el 
amor, como creo, las mataba a las calladas. Una 
noche, junto al murallón del río, enlazó a un guar- 



LANZAS Y POTROS 93 

dacostas para hacer pasar un contrabando, y cuan- 
do los contrabandistas le pusieron seis onzas en la 
mano, las tiró al agua. 

Ese era mi compadre. De la misma fibra que el 
vasquito Vergara, aquél que tomó el vapor de la 
carrera, rindió al capitán, y con ese buque mercan- 
te declaró la guerra al gobierno y se anduvo de 
macaneo acuático no sé cuántos días. 

Bueno. La comisaría ardió y mi compadre fué 
a plantarse en medio del camino, por supuesto, a 
la espera de Cruz el bravo. Pero Cruz no pasaba, 
porque no tendría porque pasar. Y allí, en el ca- 
mino, se aguantó noches y días. Los que lo veían 
parado, sin decir palabra ni contestar al saludo, se 
lo figuraban un tropero sordo, esperando hacienda. 
Pasaban pocos. Al fin, en una puesta de sol, vio 
venir a su hombre del lado del Oeste. Primero 
lo vio lejos, delante del sol, como un puntito ; des- 
pués más cerca, negreando en la fogata del cielo ; 
lueguito a dos cuadras, a un lado del astro que de 
esa laya parecía una tumbada luna en creciente. 

Cruz, gaucho rico, estanciero en tiempo de paz 
y comandante en tiempo de guerra, llegó a la vera 
de mi compadre, sin sospechar nada, y entonces 
Recio se le puso al lado y empezó a marchar con 
él, al mismo paso castellano. Cruz lo notó y le dijo : 

— ¿ Quién sos vos pa ponerte asina a mi vera ? 

— ¿ Quién soy ? ¿ Y qué le importa ? 

— ¿Se te ofrece algo ? — Y en la voz del co- 
mandante no se notaba nada extraño. Lo más na- 
tural . . . 

— Quiero su caballo ... y su cinto . . . 

— j Toma, sarnoso ! — Y le tiró un arreadorazo 



94 VÍCTOR ARREGUINE 

que si mi compadre no es tan listo, lo desloma o le 
hace polvo los sesos. 

Entonces Juan Recio le mandó un viaje con un 
cuchillito de un geme. No le tiró a matar, sino a 
cortarle la muñeca. El otro quería seguir peleando 
con la zurda. No era justo aceptarle, y Juancito 
lo convenció y le vendó la herida con el más lindo 
pañuelo de seda venido de la India. Y, naturalmen- 
te, le confesó la verdad. Que lo había peleado y he- 
rido para pedirle le avisara a Ponce Araña que allí 
lo esperaba. Que trajese su partida y no demorase. 

Y vino Araña. Pero no en el aire esperando. Vino 
sólito él y su alma. Y dio las buenas tardes entero 
y muy amable. 

— ¿ Usted es nuevo en el pago, no ? Así em- 
pezó el hombre. 

— Flamante — retrucó Recio. 

— Y quería vérselas conmigo, ¿ no ? 

— Así es. 

— Hombre que se costea a pelear de puro gusto, 
loco ha de ser. 

— O maula. . . 

— No se caliente paisano. 

— Estoy temblando ... de miedo. 

— Bueno. Usted pretende pelearme, pero ¿ por 
qué? ¿Le habré prendido algún pariente? ¿Le 
habré apaleado algún hermano ? 

— Mis parientes se defienden solos. 

— ¿Y entonces ? 

— Es que usted tiene fama de ser malo . . . tau- 
ra . . . tigre . . . 

— En mi pago. Y usted tal vez en el suyo, no ? 



LANZAS Y POTROS 95 

Pero debo prevenirle que Ponce persigue las ratas, 
las lauchas, los zorros. A los tigres, no. 

— No afloje . . . 

— No es aflojada. Es razón. Usted entra aquí 
haciendo barbaridades : lastima a mi amigo Cruz, 
sin motivo; me manda desafiar, a mí y a la partida, 
agregando, en ancas, que fué usted quien quemó 
el rancho de la policía. Yo me digo : Este es un 
trastornao, o es un gaucho fantasía, enlazador de 
estrellas. Vamos a verlo, Ponce. A ver si a las bue- 
nas se manda mudar del pago, o si quiere quedarse 
a trabajar a las buenas. Y aquí me tiene con que 
no quiero hacerle el gusto, porque, vea paisano, us- 
ted ha de ser hombre bueno, aunque mal encami- 
nao ; y hombre mal encaminao, es enemigo de sí 
mismo. Y yo vengo a pedirle que haga las paces 
con usted. 

Y el final fué que Araña y mi compadre tomaron, 
esa misma tarde, juntos y en buena armonía, in- 
finidad de copetines, lo cual, como a ustedes les 
consta, es principio de amistad entre hombres de 
cualquier laya y estado. 



VIAJE DANTESCO 

Fué en el camino de la Vida. Nada de selva sal- 
vaje. Un camino así no más, algo tortuoso. 

De repente vime ante una a modo de cueva, se- 
gún pintan los naturalistas fotógrafos, antros de 
leones, oscura más que por cueva por ser la tarde 
venida y por la mucha sombra que en torno es- 
parcían coposos árboles. Un haz de crepúsculo había 
llegado rebotando por los cielos, a poner su roja 
claridad sobre la abertura del antro, en la cual 
veíase esta sola palabra: Infierno. Supuse morara 
allí algún italiota, lector del viejo gibelino y por 
italiota dueño de negocio de bebidas. En esa sos- 
pecha golpeé con el bastón en un banco y al ins- 
tante aparecióse un joven, de no mal aspecto, el 
cual, haciendo ceremonias me dijo : 

— Dígnese pasar adelante. 

— Esto es hotel ? 

— Esta es la entrada del infierno. 
Me eché a reir. 

— No se burle Vd. ¿ Acaso no ha leído la ins- 
cripción? Pero a todo esto ¿ está Vd. vivo ? 

— Me parece que no estoy muerto. 

— En verdad ¿ no es Vd. un muerto ? 

— Bueno, si a Vd. se le antoja será así. 

— ¿ Ha muerto hace poco ? 

7 



98 VÍCTOR ARREGUINE 

Como no tolero impertinencias — Vea joven, le 
dije, déjese Vd. de estupideces y responda a mi 
pregunta : ¿ quién vive aquí ? 

— Con existencia transitoria, ninguno. 

— Entonces hágame Vd. el servicio de llamar al 
dueño de casa. 

Hizo una reverencia y partió al través de gran- 
des espacios nocturnos. 

Instantes después se presentaba un cumplido 
caballero. 

Dispuesto a seguir la broma pregunté : 

— ¿El señor es el diablo ? 

— Para servir a usted. 

— Gracias . . . Pero en verdad ¿ es Vd. el dia- 
blo ? 

— Paréceme caballero que no le ha dado moti- 
vos para dudar de mi palabra. (Y la gravedad con 
que lo dijo me hizo comprender que era persona 
delicada. ) 

— ¿ Motivos ? En la Tierra . . . 

— Áh, comprendo ... El señor es de la Tierra ? 
Ya no extraño sus dudas. Allá me tienen en muy 
mala opinión. No me conocen . . . 

— Con qué, no ? 

— Nunca estuve en ella. 

— No ? ¿ Y el santo diluvio de Jehová ? Preciso 
fué ese santo diluvio para regenerar la obra de Dios 
que Vd. había maleado. ( En la cara del diablo 
pintóse extraordinario asombro. Al reponerse dijo :) 

— Los poetas tienen el derecho de rimar des- 
propósitos. Sin duda su Jehová, a quien no conoz- 
co, debe ser uno de ellos. Nada he maleado en la 
Tierra y si lo hubiera hecho, la voluntad de Dios no 



LANZAS Y POTROS 99 

hubiese tenido necesidad de destruir. Le bastaba 
querer, para que todo estuviese al punto en su 
punto. 

— Estas cosas no las creen allá arriba, en la 
Tierra. 

— Yo, observó el diablo, hago falta a ciertas 
gentes. Para hacer tragar los brevajes son menes- 
ter las enfermedades. ¿ Yo enemigo de Dios, yo, 
su humilde auxiliar ? Entienda Vd. que si me por- 
to mal me despide. 

Observé que marchábamos por una senda ilu- 
minada y se me ocurrió averiguar : 

— Y la Estigia ? Otro cuento ? 

— Nada de eso. La hemos rellenado. Daba ma- 
los olores. Además, el viejo Caronte hacía nego- 
cios sucios y se emborrachaba. 

íbamos andando cuando un rumor de voces lla- 
mó mi atención. 

— Parece que se discute, dije. 

— Cierto. Es en el Superior Tribunal de Justicia. 
Véalo, y abriendo la puerta puso ante mis ojos 

magnífica sala, en la cual hasta cuarenta togados 
y varios fotógrafos con sus correspondientes apa- 
ratos, presenciaban el enjuiciamiento de un reo. 
En ese momento el fiscal vociferaba : — Pido, se- 
ñor, que se aplique el máximum de la pena ! 

En seguida habló el defensor y con envidiables 
pulmones hizo una de las más famosas defensas 
oídas en aquellos lugares ( pude notar que nuestra 
presencia lo alentaba ) casi la apología del crimi- 
nal, lo propio que ocurre en otras partes. Terminado 
el discurso bebióse un vaso de agua, y, previa de- 



100 VÍCTOR ARREGUINE 

liberación, el Tribunal condenó al pecador a dos 
años de suplicios forzados. 

— Cómo ? Suplicios de dos años en el infierno ? 

— Desde dos hasta mil quinientos. 

— Pero Dante. . . 

— Ah. sí. Un italiano a quien pronto veremos. 
El asegura otra cosa. Afirma la eternidad de las 
penas, y creyó ver a los primitivos hombres del 
globo terrestre en el tormento. No mintió. Lo 
acompañaba, como Vd. sabe, Virgilio, y entre el 
latín del último y el latín del primero mediaban 
algunas generaciones, las suficientes para trastor- 
nar cualquier idioma. 

No se entendían. Virgilio decía una cosa y Dante 
interpretaba otra. De gusto haré ver a Vd. el Cid 
Campeador y verá Vd. como no le entiende Vd. 
jota de castellano antiguo. 

— Noto que los tribunales de aquí se parecen 
demasiado a otros que no cito. 

— La justicia, señor, se distribuye rápidamente 
( no hay honorarios ) y se aplica según las pruebas. 
Si admitimos el derecho de defensa, lo hacemos 
sólo en atención a las costumbres que traen los 
reos de casi todos los planetas. 

Mientras hablábamos llegamos a la región de 
los suplicios, vasta llanura iluminada a luz eléctrica. 

— ¿ Mentira lo de los tachos de pez y lo de los 
sepulcros de hielo ? 

— Tampoco en esto mintió Dante. Pero con 
las hogueras de antaño, los tachos de pez y otros 
procedimientos retrógrados, la grita era enorme, el 
espectáculo nada estético y además. . . se me que- 
maban los diablos. 



LANZAS Y POTROS 101 

Pero, ¿ no desearía Vd. departir con algún pen- 
sionista? Allá distingo a Dante, aquél, todo de co- 
lorado. Pronto nos dejará. ¿ Gusta hablarle ? 

— Prefiero un papa. ¿ Los hay en el catálogo ? 

— Ah, sí . . . 

— Podría ver alguno ? 

— Sí señor. 

Ni gritos, ni órdenes. Sonó un timbre eléctrico 
y al rato estaba yo en conversación con el varón 
ilustre cuya condena iba en breve a cesar. 

Al terminar le pregunté la causa de su reclusión, 
y él con su gran franqueza italiana se apresuró a 
decirme : 

— Por nada . . . Por el Sillabus, hijo. 



EL SECRETO DE JUAN FLORES 

En veinte leguas a la redonda no existía vecino 
que no hubiese soñado con Juan Flores. Las muje- 
res en cinta temían este mal sueño, y eso que Juan 
Flores, aunque jefe de bandoleros, era el amigo 
de las criaturas y más de una vez se le había visto 
subir en ancas a cualquier desarrapado gauchito, 
aligerarle el camino y dejarlo frente a la pulpería, 
donde el vigilante « se hacía el zonzo » para no te- 
ner que pelear con el terror del pago. 

Esa circunstancia del amor a los niños, en tal 
naturaleza, no escapaba al paisanaje, y menos 
desde el día en que Tiburcio Luna, el payador, can- 
tando en una fiesta muy concurrida la barbarie de 
los matreros, al finalizar patentizó el contrasen- 
tido en dos versos : 

En el fierro de una lanza 
se ha dormido una paloma. 



Exteriormente nada tenía de terrible Juan Flo- 
res : manos finas y blancas ; ojos garzos, de mirar 
bondadoso y hasta pensativo. Frisaba en los trein- 
ta años. Su voz era dulce y cuando pasaba al trote 



104 VÍCTOR ARREGUINE 

por los caminos solitarios cantando algún « triste », 
los pajaritos torcían la cabeza para escucharlo. 

Pero desgraciadamente sus hechos no coincidían 
con su exterior. Grande era su fama y tan sinies- 
tra como grande. Melenudos matreros, algunos como 
Martín, más conocido por « el trigueño de la Blan- 
queada », asesino y ladrón de una familia de ita- 
lianos, degollador de un turco y matador de un 
subcomisario, lo reconocían por jefe ; y si él echa- 
ba el ojo a una tropa de carretas, así fuesen custo- 
diadas por un piquete, lo acompañaban y desva- 
lijaban los pesados vehículos, con disciplina tal, 
que el despojo más bien parecía maniobra guerrera. 

La banda olía a sangre y al dejar el monte iba 
seguida de gavilanes. 

Ni uno sólo de los compañeros de Juan Flores 
podía enorgullecerse de la integridad de su perso- 
na. Uno mostraba seis cicatrices de lanza y cara- 
bina, como otras zanjas; y cavernas ; un segundo 
rengueaba por efecto de « un piorno », un tercero 
era manco ; el más presentable ostentaba en la me- 
jilla derecha, profundo « chirlo », y un hachazo que, 
en curiosa diagonal, le rajara el cuero cabelludo. 

Habitaban en el monte. No trataré de descri- 
bir los retorcidos ceibos de flores pulposas, sangrien- 
tas; los aromáticos espinilios, la zarzamora de mil 
uñas, los altos lapachos, más viejos que la con- 
quista de los españoles, el férreo urunday o el palo 
rosa, o el molle, o el primor de heléchos, palmas, 
y laureles. 

Necesitaría sensibilidad maravillosa quien pre- 
tendiera reflejar los juegos de luz en los folla- 
jes ; los incendios de las auroras; la intrincada 



LANZAS Y POTROS 105 

geometría de las ramas ; las actitudes, gestos y 
simulacros de los gigantes de las riberas; el alma 
grave, agresiva, de un mundo inaccesible al extraño. 



Era el otoño : el morir de las hojas, el lamentarse 
de las aguas, la despedida de las flores. En el cubil 
de los bandidos, resguardado en el amistoso seno 
de la arboleda, algo de inusitado debía ocurrir, 
cuando los tales extremaban el silencio y al acer- 
carse se interrogaban con los ojos. 

Dos de ellos, sentados en un tronco, estaban ab- 
sortos, con la vista clavada en el suelo. 

Al cabo de un rato, el más caviloso bostezó un 
¡ Jesús ! . . . de cansancio. 

Y el otro : 

— ¡ Pucha que vida ! ¡ No contar con naide ! 

Por más que no todos los crímenes come- 
tidos en los últimos años correspondieran a la ga- 
villa, las gentes se los imputaban sin excepción. 

¿ Se perdía una vaca ? — Han de ser no más 
los de Juan Flores. . . 

¿ Reventaba un perro ? — Alguno de la gavilla 
ha de ser. 

En los « hechos humanos » lo que ofrecían de 
conjetural tales respuestas se transformaba en 
rotunda afirmativa. 

— Hermano Joaquín, vení un poco. 

A esta voz, el bandolero del suspiro se levantó 
y penetró en el ranchejo. 

Dentro de éste, el olor a fiebre volteaba. Tres de 
los miembros de la gavilla, hinchados como cada- 



106 VÍCTOR ARREGUINE 

veres por la viruela, se debatían tendidos en el 
suelo, en mitad de la habitación. Deliraban, ar- 
rancándose « lonjas de cuero », al decir del 
negro Carrión. Uno de estosjnfelices — que lo 
eran en semejante estado por más alejados que 
estuvieran de toda luz moral — hombre vejancón 
se quejaba como un niñito enfermo. — ¡ Mamita, 
mamita, que me muero ! 

La voz que había llamado dijo : 

— Sentate. 

El del suspiro obedeció. 

— Hermano — prosiguió la voz — esto se acaba. 

— ¡ Qué se ha de acabar ! Hermano Flores, no 
se diga . . . 

— Es el fin. Entre ser estropeado por el arado 
del tiempo en el surco de la vida, y esto, me quedo 
con esto. ¿ Cuántos quedan de la bandada ? 

— Yo, el negro Carrión y « Gaviota ». 

— ¿Y los demás ? 

— Ganaron pal otro lao del río. 

— Son hombres. Hay que tenerles lástima. Es 
dura la vida ¿verdad? 

— Verdá. 

— Güeno. ¿Sos capaz de guardar un secreto? 

— Decí . . . 

— ¿ Sabes por qué me separé de la estancia del 
inglés y me vine con ustedes ? 

— Por algo había de ser. 

— Escucha. Conoces a Rosita, la hija del in- 
glés? Güeno... yo tuve un hijo con ella. 

Joaquín pensó que su jefe deliraba y no querien- 
do contrariarlo se limitó a su frase favorita : 

— ¿ Y de ahí ? 



LANZAS Y POTROS 107 

— Yo la quería de alma. Yo estaba habilitao 
en la estancia ; era capataz, andaba en mis diez y 
ocho años. Pa mi desgracia la muchacha jué fácil. 
El inglés me puso la mano y sino lo maté jué por- 
que yo no tenía razón. Vos creerás que estoy loco, 
pero es tan cierto como que estamos aquí, mano a 
mano. Y si te hago esta confianza es pa pedirte 
lo que no quería pedir ni a vos que sos mi mejor 
amigo. 

— Decí. . . 

— Güeno : ensillas el zaino, te vas de un galope 
a la estancia y le decís á míster Jorge : Vengo de 
parte de Juan Flores, que está muy malo. Le pide 
que si usted es hombre de corazón y sabe perdonar, 
lo perdone. Que considere el trance, y que si quie- 
re nacerle un favor, por todo el mal que ha recibido, 
le mande a Ricardito . . . pa darle un beso. 



UN FRACASADO 



Federico Núñez era un misterio para sus rela- 
ciones. No se le conocían vínculos de sangre ni un 
amigo de intimidad. Debía haber en su existen- 
cia algún lejano derrumbamiento de mundos. Su 
cabeza cesárea daba a entender que esperaba un 
imperio o que lo había perdido. 

Cierta noche, en un debate sobre el genio y los 
personajes simbólicos, pasmó a sus conocidos con 
una andanada de frases y se marchó sin esperar 
réplica. 

— Vayanse ustedes al diablo, dijo, con sus crea- 
dores de fantasmas. La vida, con su vulgaridad 
haría imposibles Sigismundos y Quijotes. La ad- 
miración a que ellos nos obligan prueba su imposi- 
bilidad. Ver — poseer con un sentido — es ya 
despreciar. ¿ Poesía de las cosas, bondad de los 
reformadores ? Fantasías, palabras ... Me hace 
reir Nietzsche con su superhombre, tanto como un 
gusano que se pusiese a disertar del supergusano. 
Los guerreros dormidos junto a sus lanzas de bron- 
ce, bajo el palacio de Servio, en un sueño de qui- 
nientas décadas, no diferían de nosotros. Eran 
nosotros quinientas décadas atrás. ¿El genio? ¡Tonta 
palabreja ! El genio se reduce a una sensibilidad 
exquisita. Sin eso, el cerebro^recibe incomprensi- 



110 VÍCTOR ARREGUINE 

bies telegramas cifrados. Ella aisla los datos, pres- 
tándoles formas y nitidez. De otro modo, ante 
una esfera sideral, el poeta permanecería tan frío 
como un soldado inglés. La araña con sus patas 
alerta vale por cien genios dormidos. 

¡ Pobre Núñez ! Muchos lo suponían « tocado ». 

Luis Bemb, candidato/a personaje, mediocri- 
zado por un poco de filosofía de Spencer no com- 
prendida, solía decir : — Es un « raté », lo más 
semejante que conozco a una solterona ; y hay ra- 
zón para su fracaso. ¡ Miren que comparar el es- 
pacio con una vaca y llamarle a Hugo maneja- 
truenos ! 

Julio Viñas no era tan malo y opinaba que Fe- 
derico sería una gran cosa, con un adarme de iro- 
nía — Pero el pobre ignora, murmuraba, ese di- 
vino privilegio de las abejas y de los rosales. Ade- 
más ... no es hombre para alcanzar favores de 
ministros a lo madama Angot. Ni para esclavi- 
zar su inteligencia, ni para aterrar con la amenaza 
de su garra, en un planeta en que la superviven- 
cia se opera a pura garra o a puro servilismo. 

*** 

¿ Cómo fué el darse Federico a la bebida ? 

Luis Bemb, en el círculo de sus compañeros, 
moralizaba alargando la diestra : — Uno puede 
beber, pero no perder la vergüenza hasta degene- 
rar en atorrante. Beberes de hombres y aun de re- 
yes. Nadie se indigna porque un banquero o un 
millonario se achispe, sabiendo mantener su de- 
coro . . . 



LANZAS Y POTROS 111 

Aquella tarde, Federico estaba perdidamente 
borracho, a la sombra de un cicutal, únicas matas 
del paraje, pues lo demás lo ocupaban las grandes 
piedras pizarrosas de la cantera. Su cuerpo yacía 
en ese total abandono que cobran todos los bo- 
rrachos del mundo al perder el centro de grave- 
dad. Un benteveo que pasaba se detuvo para mi- 
rarlo de cerca ; unas hormigas, tras ceremonioso 
deliberar, resolvieron dejar tranquilo al obstáculo 
y utilizarlo como puente. Era domingo ; la peona- 
da no había ido a la cantera y las rocas reposaban 
también, ebrias de sol y de silencio. 

En los otros días el mozo pernoctaba en los 
tupidos cañaverales y en las siestas echábase a lo 
largo de los ribazos, cuyas flores, aves y aguas le 
parecían creadas para él. Más de un nenúfar le- 
vantaba su cáliz y le enviaba su sonrisa ; las pavas 
de monte, ni pizca de miedo que le tenían. En los 
días de fiesta, plagas de cazadores se apoderaban 
de sus dominios, sembrando la muerte en los fo- 
llajes, y él, con su testa cesárea, íbase en busca 
de otro imperio. 



La noche venía desde Oriente. A ras del suelo 
sacudía los árboles el viento. Tres hombres mar- 
chaban delante de la noche. Uno llevaba un hacha. 
El agua del cielo se pulverizaba sobre los campos. 
Cuando los tres llegaron a los cañaverales un sep- 
ticolores salió volando de en medio de las húmedas 
sombras ; un titiribí dejó oir su queja de pajarito 



112 VÍCTOR ARREGUINE 

bueno. Estos débiles anuncios fueron seguidos 
de una descarga de golpes. Se oyó, entre injurias, 
caer un cuerpo, y al recobrar su quietud la noche, 
tres sombras huían cortando campo. 



Federico no sabía si soñaba. Ante sus ojos flo- 
taban banderas ; pasaban volando las granadas, 
reventando en los aires como gigantes flores rojas ; 
los hombres semejaban rebaños ; corría una legión 
y al pisar una cumbre quedaba exterminada ; los 
sobrevivientes se sentaban en la tierra ardiente ; 
al rato, otras legiones. Tronaba el espacio como 
en día de truenos. Y el campo ilimitado era una 
tremenda derrota. 



LA MORAL DE MI ALDEA 



Diógenes hubiera pasado ratos muy malos en 
mi aldea. En el fondo, toda filosofía es tristeza y 
asomarse a los abismos se parece un poco a entre- 
garse al mar en barca sin velas; y las gentes de mi 
lugarejo, en este sentir despreocupadas, todo po- 
dían hacer excepto ensombrecer sus días con amar- 
guras intelectuales. En cierta ocasión en que alguien 
tuvo el mal gusto de afirmar que allí no se pensa- 
ba,, el periódico local, poniéndolo previamente 
« de oro y azul », le probó que en cambio se proce- 
día, y que siendo la acción el pensamiento de los 
impulsos, ellos ; los aldeanos, pensaban a su modo. 

En el capítulo del saber, sabían lo necesario para 
su ambiente. ¿ Ignoraban, por ventura, las histo- 
rias de-Proserpina ó Helios? No olvidaban ni el 
primer sport de su primer carrera, y al citar una 
fecha comprendida entre y 36, la citaban aña- 
diendo un correspondiente color : « colorado » o 
« negro. » 

Aquella noche en el « Nuevo Club » irradiaba más 
que la claridad de sus focos, la alegría de sus ha- 
bituales. Alrededor de la mesa en que tallaba don 
Palemón, el derrotado candidato a la presidencia, 
cuarenta ojos ganaban y perdían a la « mayor » y 
a la « menor », con igual temperatura que los cua- 

t 



114 VÍCTOR ARREGUINE 

tro mantenedores. En la de la derecha, no iba en 
zaga a la del candidato la partida, y cuando En- 
rique Volcánico, coautor de la terrible ley contra 
el juego, juntando ruidosamente las fichas, gritó : 
¡ Va el resto ! al desafío que acababa de hacerle 
el juez Daza, los grandes retratos suspendidos 
en las paredes parecieron emocionarse y el inte- 
rés de la sala se volcó sobre la mesa. 

Allí se ve, todo ojos, un plastrón verde, prome- 
tido de la hija mayor del millonario Jine, por mal 
nombre «Asno de Oro,» importador de espejos y 
prestamista distinguido ; y a D. Manfredo Te- 
nacci, que inmortalizó sus blancas polainas po- 
niendo tres veces bola negra a D. Agapito Tabacal, 
cuando este Creso jactancioso — llegado de lanchero 
a Creso — llevaba hasta el soborno su manía de 
aspirante a socio del Club. Quiénes más? Pérez 
y Pérez Pérez, el patriota de los discursos « emban- 
derados », y al lado de éste y tan absorta como él, 
una barbita puntiaguda, perteneciente al secre- 
tario de legación que dijo : Al ver desocupadas dos 
sillas, una frente a la otra, se me ocurre una con- 
ferencia entre diplomáticos ; y, ajenos a sí propios, 
dos abogadillos de ignorado nombre, tal cual mé- 
dico, varios galones y presillas y, asomando la ca- 
beza por sobre los demás, semejante al alto más- 
til de un buque, cierto << marino de lanceros », 
según la envenenada definición de un tarabilla 
local. 

¿ Verdad que los hombres no carecen de origi- 
nalidad ? Nadie se parece a nadie. En el gran con- 
cierto de la vida, cada individuo da su nota. A 
menos, añade un filósofo desconocido, de encon- 



LANZAS Y POTROS 115 

trar al mismo tiempo varios hombres un biilete de 
mil pesos perdido en la vía pública. 



Cuando Volcánico hubo cantado color y el otro 
apenas un sórdido par de ases, los resortes de la 
atención se aflojaron y, como se deshoja una rosa 
en el viento, tal pasó con los absortos momentos 
antes. 

Sólo uno quedó : el importador de espejos, fir- 
me, junto al perdedor, fijos los ojos en la pluma 
que volaba sobre el campo de un cheque. Y así que 
Daza hubo firmado y hecho entrega del valor de 
doce mil pesos, se lo llevó afuera, a los corredores, 
desde donde podía admirarse el estrellado esplendor 
de una noche primaveral. 

— ¡ Qué burrada, has hecho muchacho ! — ar- 
ticuló el viejo entre hipos-. — ¡ Un año de sueldo ! 
Si siquiera tuvieses un juzgado de comercio o de 
lo civil . . . 

— Mire, mi suegro, la cosa no es para afligirse. 

— ¡ Qué cabeza ! 

— ¿ Pero no comprende, viejo ? 

— Lo único que comprendo es que pierdes el 
pan de tus hijos. 

— ¡La! ¡la! ¡la! No ponga esa cara, no haga 
esos gestos. ¿ No ve que no tengo depósito en el 
Banco ? 

— Pero ese cheque ? 

— Ese cheque ? Nulo como un papel en blanco. 

— ¡ Ah, entonces, hijo, menos mal ! 



FLOR ROMÁNTICA 



Por medio del campo, en el tiempo de las fío- 5 
res fabulosas, caminaban los dos amigos, bajo la 
iluminación de los astros enormes. 

Tomás era un muchacho serio. Acababa de cum- 
plir dieciocho años. El mundo se presentaba a 
su mente grande, y heroico. La vida, esa gran de- 
formadora, no había señalado ni su rostro ni su 
alma. Aspiraba a ser hombre para realizar un des- 
tino extraordinario. No sabía cuál. Presentía cum- 
bres. Ya no deseaba soñar entre las amapolas. Aho- 
ra pensaba que si aún existieran leones de Nemea, 
él los atacaría al modo heracleo. Había visto la 
luna dorar las nubes negras; ponerles en los bor- 
des orlas de oro. ¿ No sueñan, al menos una vez, 
los hombres, con espada o con ideal, dorar la os- 
curidad de las multitudes ? Podía, si lo deseaba, 
adormecerse en los trigales : el álamo le enviaría 
su sombra ; su canto las aves. O bien, perderse en 
las playas, donde florecen como estrellas las 
cucurbitáceas. Amaba el Océano en la hora del sol 
recién nacido. Lo amaba, cuando, titán tronador, 
arroja su escupida a los pueblos de barcos. El vie- 
jo mar lo atraía y a no ser por la atracción huma- 
na, cómo quisiera oir sin cesar sus salvajes gritos ! 

— Tomás, dijo de pronto Inocencio Vera, he 



1 18 VÍCTOR ARREGUINE 

hecho mal en no revelarte un secreto que llevo 
aquí • • • y señaló el sitio del pecho en que suponía 
guardarlo. 

— Y ella ¿ qué dice ? 

— Ah ! sabes ? 

— Sospecho . . . 

En ese instante voló una perdiz bajo los pies de 
los amigos. 

Al separarse, Tomás dirigióse hacia el lejano arro- 
yo, tarareando, sin entregar al viento la estrofa que 
rutilaba en su fantasía : 

Cuando veo lucir una estrella. 

Lejana, lejana . , . 
Me parece de mi más cercana 

Que ella ! 



Ante el fuego del sol los arados roturaban la 
tierra extendida sin término bajo el redondo ho- 
rizonte. Se iba entregando, mansamente, la vir- 
gen, a la brutal caricia del hierro y anchas y ne- 
gras heridas, los surcos aprestábanse a recibir 
el germen de la subsistencia de las Razas. 

A un lado y otro de los arados caían dos olas 
de tierra morena. Qué de catástrofes en cada paso 
de avance ! Cuánto ser pequeñito, cuánto hogar 
de gusano, escondrijo de sierpes o ciudad de hor- 
migas, populosa, puestos a la luz del cielo por i.'l 
desastre ! Sudorosos iban los hombres azuzando 
a los bueyes de manchada piel, y los mansos y fie- 
les auxiliares del hombre seguían en la tarea del 



LANZAS Y POTROS 119 

surco, con sus ojos profundos clavados en invi- 
sibles visiones. 

Gea iba al fin a pagar su tributo al esperado. Ci- 
teres soltaba su banda de golondrinas en pos de 
los conquistadores. 

Tomás y su amigo contemplaban la victoria 
del esfuerzo, sentados bajo un ombú de raíces como 
muslos de titanes, a punto de parecer que allí pe- 
leaban, revolcándose por los suelos los rudos ri- 
vales de los dioses. 

Todo aquel campo, hasta más allá de donde iba 
la vista fatigada, pertenecía a una viejecita, pa- 
rienta de Tomás, de quien era él único heredero. 

— Te acuerdas, empezó éste, de nuestra in- 
fancia ? Juntos trepábamos a los mismos árboles ; 
juntos recorríamos la misma playa ; juntos hacía- 
mos burla de aquel viejo de sombrero de copa, mo- 
rador de un ranchejo bajo los altos pinos y cuyo 
capital era un cabrón al que llevaban sus cabras 
las gallegas . . . Juntos," seguimos después las aven- 
turas de D. Quijote y de d'Artagnan . . . Hoy... 
¿ Pero amas, de veras, a Alejandra, la hija del 
juez de paz, que juntos conocimos en la fiesta de 
las trillas ? 

Inocencio palideció. A lo lejos dejóse oir el son 
melancólico de una flauta. Los dos amigos pensa- 
ron inmediatamente en Juan el vasco que vagaba 
loco por los caminos tocando aires de sus montañas. 

— La amo . . . pero soy tan pobre y tan tímido . . . 
dijo de pronto Vera. 

— Tonto ! No conoces a la mujer. Ella sabe cuan- 
do se la quiere verdaderamente y no resiste a la 
constancia del hombre apasionado. ¿ No se rindió 



120 VÍCTOR ARREGUÍ.Nh 

Paulina, la de Agárrete, aquella morocha como el 
trigo, al gringo Bautista, todo lleno de pecas colo- 
radas, sólo porque él la quería como un animal ? 
Y él no tenía más que la yunta y el arado y los 
cinco dedos para jugar a la murra. Y ella era rica. 
Si no, ¿ con qué compró el molino el gringo ? 

— Juzgas mal a las mujeres, Tomás. 

— Bueno, dejemos esto para mañana. 



Caía la tarde. 

Alejandra y el tímido Inocencio, caminaban si- 
lenciosos a lo largo de los cañaverales. A su paso 
inclinaban sus penachos sedosos las cañas de Cas- 
tilla. 

Viendo tan abismados al joven y a la joven : 

— ¿Ya esto venían ? parecía interrogar una 
vieja caña nudosa, y una cañita nueva parecía 
responderle : 

— ¿Ya qué más ? 

Un lagarto al ver aquellas personas dejó de be- 
ber los postreros rayos de sol. 

— ¿No me responde, Alejandra ? 

— Eso depende de que me diga por qué se mató 
su amigo. 

— Acaso lo sé ? 

— No me lo oculte . . . Estoy segura de que se 
mató por mí. 

— Segura ? 

— Sí, segura ! Y se lanzó al camino, fugitiva, 
como una avecilla por los surcos. Frente a ella 
fulguraba Venus. Y al mozo le pareció que su ama- 
da se encaminaba hacia la estrella. 



ÉL PRINCIPIO DE AUTORIDAD 



Venancio Aguirre venía de una región entera- 
mente desprovista de progresos. 

Libres vegetaban allá los árboles ; los toros 
tomaban por donde les placía. Acostumbrado al 
armonioso desorden de la naturaleza, al ejemplo 
de los pájaros, balanceándose en las más empi- 
nadas copas, al correr del agua por los cauces que 
ella misma se labra, su sorpresa resultó desconcer- 
tadora al bajar del tren y penetrar de sopetón en el 
mundo febril y desconocido de la gran metrópoli, 
con sus calles rectilíneas, sus rectilíneas hiladas 
de árboles, sus postes y gentes rectilíneas. Este 
imperio de la línea recta se le hacía visible hasta 
horizontalmente, en los alambres y cables, en lo 
alto; y en lo bajo, en los brillantes rieles que es- 
clavizan a los gigantes de la locomoción. 

¡ Qué distinto de su Neuquén ! Lo asaltaba el 
contraste como un bandido. La soledad, los bos- 
ques de manzanos, con sus brazos desnudos — el 
contraste había elegido un paisaje de invierno — 
la nevera del Andes, los riscos inmóviles, a éste y 
aquel lado de una garganta tajada por el hacha 
de los cataclismos. Venía a ver un ministro — no 
sabía cual — a su entender al de la guerra, por cier- 
ta concesión de tierras hecha a su finado padre, 



122 VÍCTOR ARREGUÍNE 

uno de los coroneles que conquistaron aquellos 
desiertos y avanzaron la frontera — raya de luz 
y sangre — en lucha con el indio, el hambre, la 
sed, el trueno y el rayo. Porque ahora se presen- 
taban a desalojarlo, como a intruso, alegando me- 
jores derechos, varios ingleses flacos, dentudos, de 
gorrita y trajes a cuadros, y también los socios del 
« Comité Partenopeo ». Pediría se le tratase, por 
lo menos, como a los colonos del Chubut. Sus re- 
ferencias eran que a estos aventureros del trabajo 
se les regalaron mil leguas de territorio donde vi- 
vían independientes, y, confortado allá en el fon- 
do de su Neuquén por estas versiones, deforma- 
das y esparcidas por Eloy Garay, el correo, había 
tomado el partido de llegar hasta los primeros hom- 
bres de la nación, pasando cual era de práctica en 
el ejército en los tiempos de su padre, a través 
de todas las inferiores jerarquías, como quien antes 
de llegar al gran río Negro debe cruzar innumera- 
bles médanos y aguazales. 

Bajo esta arraigada decisión, ya en la gran ciu- 
dad, acercóse al primer símbolo de autoridad con 
quien le fué dado encontrarse y empezaba a expo- 
nerle su deseo, cuando el acaso hizo que el vigilante 
tucumano divisara dos pilletes entregados al jue- 
go de los cobres y fuera hacia ellos, perdiéndose 
luego, calle arriba, en un abrir y cerrar de ojos, 
las tres siluetas, en briosa carrera maratónica. 

Nuestro hombre echó a andar nuevamente has- 
ta que dio con otro símbolo. Era éste un cabo re- 
tacón, semejante por su color a un sapo muerto 
y expuesto durante dos meses a los rayos solares, 
déspota en el mirar, y que pensaba con su voza- 



LANZAS Y POTROS 123 

rrón — que le valiera hasta allí sesenta y dos arres- 
tos — prestar a su persona la majestad que la 
naturaleza y su mamita le escatimaran. 

Escuchó, pues, el chinóte con formalidad des- 
preciativa al hombre silvestre y acabó por orde- 
narle : 

— Vayase a dormir. Su estado no es para andar 
amulando a la autoridad, sepa ! 

-¿Qué?... 

— Que se va a dormir, o lo hago marchar a la 
« polecía ». 

— ¿ Marchar ? . . . 

— ¡ Dése preso, ejo ! — y el sapo asoleado hizo 
ademán de sacar el machete. 

— ¡ Toma preso ! — y de un sopapo la áspera 
realidad dio con el símbolo en las piedras. Lo cual 
•no obstó para que en un instante numerosos sím- 
bolos descargasen una tunda feroz sobre la reali- 
dad que, magullada y sujeta, hizo su entrada en 
los dominios de los poderes constituidos y meditó 
junto a un ebrio hasta que, a eso de la media no- 
che, una voz gritó desde el patio iluminado pati- 
bulariamente : 

— Saquen ese hombre del calabozo y « trái- 
ganlo!] ». 

Era la voz del sargento. 

— Por aquí, dijo éste. 

— Por aquí, repitió otro y la realidad fué in- 
troducida a una pieza tan clara como el día. A lo 
menos esa fué la impresión de Venancio Aguirre, 
tras seis horas de calabozo. 

Las personas ante quienes estaba ofrecían el 
aspecto tranquilizador de no ostentar armas. Cier- 



124 VÍCTOR ARREGUINE 

to que algunas lo miraron desdeñosamente, modo 
como a veces se exterioriza el principio de auto- 
ridad. Pero apresurémonos a advertir que de las 
diez allí presentes, apenas cuatro lo encarnaban. 
Las otras seis eran artículo de exportación : un 
anarquista, dos rateros, tres captens. El primero 
permanecía mudo, fosco, las manos en los bolsi- 
llos del pantalón. En cuanto a los tres últimos, es- 
tos distinguidos traficantes se quejaban de al- 
gún error de la policía y deslumhraban al escri- 
biente pasándole ante los ojos sus anillos con bri- 
llantes tamaños como nueces. 

Uno de los jóvenes abrió un libro, escupió e in- 
terrogó al hombre silvestre : 

— ¿Su nombre, che ? 

— Venancio Aguirre, pa servir a usted. Y si 
me permite, diga mozo ¿ a qué saino me lo pre- 
gunta ? 

— Se lo pregunto porque se le procesa por ebrie- 
dad, escándalo, desacato, portación de armas y agre- 
sión a la autoridad. 

El neuquenense, que había contado sus delitos 
con los dedos, no salía de su asombro. 

El mocito llamó a un vigilante y le preguntó : 

— ¿ Qué arma portaba este individuo ? 

— Daga, señor. 

Iba Aguirre a explicar lo de la daga, cuando en- 
tró un caballero ante quien los mocitos quedaron 
mudos. 

Era el subcomisario y quiso enterarse de por qué 
estaba allí aquel hombre cuyo iris verdoso diríase 
saturado del color de los pastizales. 

El preso comprendió que su causa dependía de 



LANZAS Y POTROS 125 

aquel señor, tal vez un jefe, quién sabe si un mi- 
nistro, y seleccionando sus mejores palabras y 
sus más floridas comparaciones — que en todo gau- 
cho existe un literato en embrión — explicó sus 
cosas. Ya iba a ser ordenada su soltura, y lo fuera, 
a no aparecerse un nuevo personaje para quien el 
subcomisario tuvo elegantes genuflexiones. 

— ¡ Señor jefe ! — oyó Aguirre, y pensando que 
tal vez se tratara del mismísimo ministro de la gue- 
rra, hízole también un saludo y casi le dio la mano. 

Lo del vulgo, de que las desgracias no vienen 
solas, suele ocurrir de igual modo con la suerte. Se 
dan rachas, dicen los jugadores, y realmente nues- 
tro gaucho estaba en la suya, pues el personaje, el 
jefe de policía, nada menos, mostró interés en in- 
formarse del porqué de su presencia en aquel sitio. 
¡ Qué gran señor ! pensaba el morador del Neuquén, 
y más cuando el otro se ofreció a presentarlo al 
ministro de agricultura, cosa realizada al día si- 
guiente. Aquí el áspero principio de autoridad, ya 
despojado de sus formas externas, hizo evocar al 
hombre de los campos uno de sus viajes : tres días 
de nieve y gemidos del viento en la cordillera. Dos 
días más de aguaceros ; luego, un sol rajante, una 
noche de luna y, finalmente, al aproximarse a sus 
pagos, un amanecer portentoso, mientras la bri- 
sa le peinaba la barba. 

Lo formidable fué cuando el ministro le anun- 
ció su propósito de presentarlo al jefe del Estado, 
al hombre que .mandaba las policías, el ejército, las 
naves de guerras, el país, en fin. 

Su concepto de este magistrado se fundaba en la 
impresión que le produjera cierta litografía con- 



126 VÍCTOR ARREGUINE 

templada en su lejano Neuquén, en la «Pulpería de 
la Sierra » El grande hombre ostentaba en el pe- 
cho una banda con los colores de la bandera y el 
escudo de la nación. Así esperaba verio ahora, 
cual desprendido del cuadro. Y como no sabía de 
otros reinos y repúblicas que no fueran su país, Chi- 
le y el Chubut, no es de figurarse su mirada de 
súplica al ministro para que le evitase tal paso. De 
suerte que entró tembloroso al despacho de S. E. 
y cuando el ministro lo hubo presentado como un 
« pioneer del progreso >> sintió írsele valor y color, 
y al tenderle su diestra el presidente, apenas si 
tuvo fuerza para estrecharla entre la suya, rústica 
y grande. ¡ Oh, la suave mano, que él esperaba 
de acero, como la llanta de los carros andinos ! 
¡ Y el calor de aquella mano acompañado de elo- 
gios casi acariciantes, de preguntas llenas de in- 
terés por el lejano desierto, de atención a lo poco 
que a él se le ocurría de unas tierras en las cuales 
podían caber millones de criaturas humanas, de 
aquellos bosques primitivos y agudas sierras siem- 
pre blancas ! 

A! salir Venancio A.^uirre del palacio, sintió unas 
ganas bárbaras de dar un viva a S. E. Pero se con- 
tuvo, al ver a pocos pasos el casco de un pequeño 
símbolo. 



VUELTA AL PAGANISMO 



Alma candorosa, gustaba Gracián de las sombras 
del templo en la hora del rosado crepúsculo, y de 
leer a Virgilio, paseándose bajo los cipreses. Bajo 
los tranquilos cipreses, más de una vez, alta la 
cabeza, recitara: 

El ciprés, fino, verde, oscuro, 
Su silueta yergue espectral: 
Está pidiendo un viejo muro 
En un paisaje sepulcral. 

Poeta bucólico, un tanto mordaz, su ánima en- 
ferma necesitaba esparcimientos. Su itálica mano, 
hecha a combinar líneas y colores, dióle ocasión 
para ensayar un poco de sociabilidad y a tal propó- 
sito abrió un tallercito de pintura donde pudiera 
enseñar dibujo a las muchachas de las Colinas ; 
dibujo y también algo de perspectiva y pintura. 
Sus fantasías pictóricas no pasaban de pájaros, de un 
vivo color azul, y flores de tres a seis pétalos. Dibuja- 
ba igualmente hojas, recargándolas de un tan claro 
y uniforme verde, que más que de hojas daban la 
ilusión de una tela. En el tallercito reinaban luz y 



128 VÍCTOR ARREGUINE 

serenidad, mientras no «cayó>> por allí la más aris- 
tofanesca de las ancianas. 

— Vengo, le dijo, padre Gracián, en la convicción 
de que Vd. es un santo, a pedirle le dé unas lección- 
citas a mi hija Beatriz; pero no a las horas "en que 
vienen todas esas gauchitas .... Beatriz no se trata 
con ellas. 

— Señora, repuso el clérigo, en quien el nombre 
de la muchacha suscitara reminisencias dantescas, 
es ofender a Dios ir contra la igualdad y yo no po- 
dría hacerlo, tanto más que no cobro . . . Vd. señora, 
podrá ser muy distinguida .... 

— Distinguida? interrumpió la Vejez. Ya lo creo! 
Vd. no me conoce, pues sólo hace dos meses está 
Vd. en el país y yo hace vienticinco años que he 
vuelto de los Cerros Azules; pero Vd. conoce a mis 
niñas, las de Barcovecchio; y a mi esposo, la hon- 
radez en persona, Bartolo Barcovecchio. Beatriz 
estudia por afición la confección de sombreros, en 
lo de madama Carretel . . . 

— Tanto gusto, señora ... ya sé por su marido 
que es Vd. la dama distinguida por excelencia en 
la localidad, donde todavía no trato a nadie. 

— Nos tratará a «nosotras». Sería lástima que 
una persona de su talento . . . un artista ... un poe- 
ta ... no disfrutara las ventajas de la sociedad. Vd. 
vendrá a casa y desde ya lo comprometo a un paseo 
campestre. Lo llevaremos; nos honraremos en 
llevarlo en nuestra compañía. 

El buen Gracián tranzó por hacerles una visita. 
La vieja hizo una reverencia y se fué. 



LANZAS Y POTROS 129 

II 

El pobre místico quedó pensativo. ¡ Ah, si alguien 
le hubiese revelado que Barcovecchio, el ex lavava- 
sos del «Bar de la Cosecha», el Menelao de las Coli- 
nas, sacaba de sus tres hijas lo que en términos loca- 
les se denominaba «un respetable sport», no se en- 
contraran, de seguro, solos él y Beatriz en la penum- 
bra, vagamente alumbrados por una hermosa luna de 
enero; en la noche ensalmada por el perfume afro- 
cisíaco de heliotropos y magnolias de blancura fan- 
tástica. Porque el papá, «casualmente», no estaba 
en casa y mamá andaba arreglándose y vendría 
al momento, al momento. Momento que duró sin 
embargo media hora, entre suspiros, silencios y 
perfumes afrodisíacos. Pero ¿que diantre de aroma, 
preguntábase Gracián, se habrá puesto esta «si- 
gnorina»? 

Su candor lo salvó por aquella vez, y cuando entró 
la vieja con su peluca de jovencita y estucado ros- 
tro, asombrada de que «esta niña» tuviera las visitas 
a oscuras y encendió luz, sintióse desmayar al ver 
que la ninfa, con sus encajes, volados, cintas, car- 
nes y sedas y, más que todo, con su joyante cabe- 
llera rubia, superaba en belleza a cuanto él se ima- 
ginara. Y esa fué su primera caída, la caída mental 
del lector de Virgilio, que esa noche recitó en latín 
odas de Horacio, que ellas creyeron italiano culto 
y pulido. El paseo quedó resuelto para el domingo 
inmediato. Debía ser para el buen Gracián, admira- 
dor de la naturaleza, algo soberbio. 



130 VÍCTOR ARREGUINE 

III 

Una vez en la calle, erró sin rumbo, semejante 
a un loco extraviado. Las calles, desiertas. El astro 
de la noche iba cayendo al Occidente. Y allá lejos, 
muy lejos: 

Los cipreses al rayo de la luna 
Levantaban sus copas fastasmales. 

Dónde ir? Fuese a orillas del mar; sentóse en la 
arena y el mar grave y gigante, vino como un perro 
a echarse a sus pies. 

Habíase levantado viento. El viento rezaba en 
las zarzas, lloraba en los altos eucaliptos, voceaba 
en las rocas, quejábase en la playa. La lejana luna 
producía extraña sensación, como sí fuera a despren- 
derse del cielo. El ritmo de la vida diríase pertur- 
bado. Gracián que saludara al mar otras veces: 

Sonante mar como un verso sonoro, 

no oía en él sino risa, risa y relinchos. Se alejó de allí 
fastidiado, siguiendo una callejuela flanqueada de rui- 
nosas casitas. Las casas muertas una a una, echaban 
en su alma pesada masa de sombra. Y así anduvo 
hasta que la Noche, vencida en el Oriente, se fué 
replegando y las avanzadas del día asaltaron mar, 
campos y huecos. Y entonces él, como regenerado 
y salvado por el triunfador Apolo, se encaminó a 
su iglesia en cuya torre quebrábanse mil flechas de 
oro, murmurando su pagana oración al día: 



LANZAS Y POTROS 131 

Viene delante de la aurora 
La estrella matutina, tal 
Como una juvenil pastora. 

IV 

En un gran «breack» iban las cuatro mujeres, el 
padre Gradan, Barcovecchio, con su aspecto de 
langosta seca, y un jovenzuelo, «un primo», cuya 
ninguna seriedad se notaba con sólo oirle pronun- 
ciar sa...cerdote. Hasta por los codos le brotaban 
palabras, impertinencias y mentiras. Conspicuo 
vastago de un alarife, encarnaba la nueva era so- 
cial de modo admirable. ¿ No había existido la 
era del Facón, la del Cuero, la del Trigo? Para él, 
nada de romanticismos estúpidos, de honradeces 
estériles. Su bachillerato habíalo alcanzado hacién- 
dose rendir examen por un profesional en ese arte 
de nuevo cuño. Todo en este mundo se arregla con 
dinero, pensaba, reforzando su opinión con conoci- 
dos refranes. Corta es la vida y si con dinero puedo 
comprar un título de marqués, más que tonto sino 
lo hago con uno de médico. 

Amanecía. Todo era rojo: sol, mar y nubes. Rojo 
sol en las aguas que pronto adquirieron un ligero 
tinte de perlas; rojo sol en el arenoso camino, que 
en breve se tornó en un puente de luz. Pasaron al 
borde de un pantano que en partes reflejaba el cielo, 
y que en parte ostentaba juncales y totoras, empena- 
chadas cual caciques indianos; aquí, caraguatás de 
picada hoja, allá, cardenillo de fulgente verdor, 
engañosa esmeralda; allá, albas flores de loto y 
albísimas garzas. 



132 VÍCTOR ARREGUINE 

Al remontar un repecho, Gracián pidió que el 
carruaje se detuviera unos minutos para contem- 
plar el paisaje. El primo sonrió ante semejante 
inocentada y «ellas» lo imitaron. Tratábase de un 
altozano: una grande higuera; bajo la higuera, una 
cabra con sus cabritos, y más allá, un estornudador 
macho cabrío, amarillento, de barbas color plata 
azulada; más allá aún, plateados olivos, al borde de 
resquebrajado precipicio. 

— Un pedacito de Judea, dijo Gracián, añadiendo: 
Da gusto viajar en esta forma. Con el tren, todo 
el paisaje se pierde. Después de lo cual, por entre 
el sol y el polvo dorado, volvió a arrancar al 
trote la yunta. 

A uno y otro lado del camino gritaban los teros; 
cantaba en algún arbusto el sietecolores; volaban de 
tal cual maizal, chillando, cotorras ladronas, mien- 
tras cruzaban el aire urracas azules, en vuelo 
sereno, y se oía el feo arrullar de las torcazas, sordo 
y triste. 

V 

Al cabo divisóse el monte elegido para pasar el 
día y bajo sus ramas se comió y se bebió como en 
un idilio. 

Los viejos aparte, para dejar, según decían, di- 
vertirse a la gente joven. Beatriz, tirada en los pas- 
tos, miraba maliciosamente a Gracián, el cual sen- 
tado sobre su pobre sotana, pensaba que también: 

Grecia, flor de la tierra, 
Poesía viviente, 

y los campos latinos, presenciaran en antes escenas 



LANZAS Y POTROS 133 

idénticas. Solo con la ninfa, por que las otras dos 
andaban buscando nidos en los árboles, trepadas a 
ellos, mientras el primo las escudriñaba desde aba- 
jo,hubo momentos en los cuales su candor le enro- 
jeció hasta la frente y tuvo que apelar a algún pater. 
Sin embargo, cuando la ninfa le pidió versos, no 
dejó de otorgárselos: 

Paloma de la puñalada, 

Carne de altar, boca de guinda; 

Linda, 

Linda y rosada 

Como la alborada. 

Y prosiguiera a no venir a ellos la antipática voz 
del primo, coreada por la carcajada, de las otras dos 
ninfas. 

Fraile frailón, fraile chichón, 
Vete a rezar a San Trifón; 
Negro cuervo borrachín, 
Chin chin, chin chin ! 
Dale tus hostias al marrano 
Y hazlo tu hermano 
Con tu mano. 

— Pero, qué pasa? preguntó el torturado cura. 
— Nada. Que están mamados, respondió la ninfa. 

VI 

La tarde venía cuando se dio la voz de regreso, 
pero el auriga, afirmó categóricamente que debían an- 



134 VÍCTOR ARREGUINE 

dar media legua a pie y pasar la noche, si querían, en 
el ranchejode doña Ignacia, por que los caballos se 
le habían «mandado mudar». En vano se exploró 
el horizonte. Caballos no se veían y cuando el des- 
peado cochero dijo: — yo me quedo, la comitiva 
emprendió viaje guiada por Barcovecchio, conoce- 
dor de la casa hospitalaria, y entre broma y broma 
del primo. 

Se pernoctó en el rancho, es decir, las mujeres 
adentro, los hombres al raso, tapados con lonas. 

Despertaron ellos antes del día y Gracián invi- 
tólos al regocijo matinal. Cerca perfilábase el pro- 
digioso panorama de la Rinconada, bajo la luz de 
la última estrella. El viejo opinaba que debían ir 
también las chicas, contra el parecer de Gracián 
de dejar descansar a «la familia», y cediera el viejo 
sin el favorable voto del primo. 

Igual a un soplo corrieron las primeras horas y 
se aproximaron las del almuerzo. ¿Cómo resistir 
al ruego de « las niñas » para que almorzaran 
allí ? Bajaron a la playa y esperaron a que el 
peoncito Andrés volviese con el coche del pueblo. 
Otro día de campo. Por la tarde, todos volvieron a la 
tranquila playa, corrieron por ella como cabras, se 
bañaron en las brillantes ondas, retozaron en las 
dunas, se tendieron al sol, se llamaron unos a otros 
para enseñarse nimios detalles playeros, y hasta 
se besaron y se abrazaron como en los idilios. 
Y he aquí, como en la poesía de los arenales, Gra- 
cián quedó de pronto convertido en verdadero dis- 
cípulo de Horacio. 



CONSEJOS QUE DIO D. BÁLSAMO A SU HIJO 

Vas, hijo mío, a la conquista de la gran ciudad y 
preciso te es atender ahora los consejos de tu padre, 
porque si te basta para el camino los pollos asados 
que pusieron tus tías en las alforjas, te falta consi- 
derar el modo de conducirte entre gente, al no estar 
ya en el suelo de tu tierruca. Te diré, lo primero, 
cómo se formó tu padre. Dos libros fueron sus guías: 
uno, el que tanto te disgusta, la historia de Bertoldo, 
Bertoldino y Cacaseno ; el otro, Don Quijote con 
cuya lectura alcancé a darme cuenta del error que 
se comete siguiendo el ejemplo de los locos. Del 
loco, nada hay que aprender. Del cuerdo, debe to- 
marse todo, menos la fantasía, que es la sirena 
de los antiguos. En moral y en conocimiento de 
los hombres, quien vale un Perú es Sancho. Fué 
el modelo de mi vida y ojalá lo sea de la tuya, pero 
sin aquella parte de entusiasmo que malogró todas 
sus virtudes. Por algún lado siéntese uno emparen- 
tado con el fiel escudero. De España debieron 
venir a estos países, cuando la conquista, deudos 
de Panza, y así tú y yo bien podemos ser de su 
estirpe. En cuanto a Bertoldo, el Sancho italiano, 
mucho de él veo en nuestra familia y principal- 
mente: fealdad, discreción y prontitud de inteli- 
gencia. Te quejas de tu físico y haces mal, porque 



156 VÍCTOR ARREGUINE 

un cuerpo hermoso se envanece y pasa con facili- 
dad a la pesca de amoríos que requiere afeites y 
dinero; mientras que así, te tendrán por persona 
de templados instintos y las ocasiones se te ven- 
drán solas. El cortarte al hablar, no te valdrá me- 
nos si logras hacerlo pasar por lucha de pensamien- 
tos. Si alcanzas, que lo dudo, aquel perfecto estado 
que se llama callar, tu victoria será cierta. Ad- 
vierte por lo mismo y anota en el libro de tus oídos 
cuanto de mis labios va saliendo. En tus conver- 
saciones haz constar que fuiste rico, que algo es- 
tudiaste, aunque no mucho, y que luchaste siempre 
contra los gobernantes. De este modo entenderán 
quienes te escuchen que te criabas para señor, 
que tu modestia iguala a tus méritos, pues con- 
fiesas lo que pocos, lo limitado de tu saber, y algo 
de mayor monta por cierto: tu independencia de- 
carácter, tu oposición a los malos funcionarios; 
tu apego a la causa popular. Hombre de bien, di- 
rán, formado en la brecha, sin arrimos, sin que a 
nadie se le ocurra que nuestra numerosa familia 
vive presupuestada, aunque hago mal en emplear 
este tremendo galicismo. 

Cada época tiene su aristocracia: hubo la del 
valor, la de los poderes divinos, la de la belleza, 
la de la elegancia y aún la del buen decir. Cada 
época y cada barrio las tiene, porque vemos tantas 
sociedades en una ciudad cuantas hubo en el tiem- 
po todo y en la humanidad total. Esto nace de creer 
cada uno la mejor su posición voluntaria y de la 
necesidad de reverencia, que en un médico no po- 
drá ser sino hacia otro médico y en un general ha- 
cia otro general. Esto se nota también en las dus 



LANZAS Y POTROS 137 

filosofías: en la de las ovejas y en la de los tigres. 
Así, pues, en punto a aristocracia, sin serlo de nin- 
guna, aparentarás inclinarte a aquella a que más 
próximo se halle tu interés; pero sin afiliarte, por 
que afiliarse a cualquiera agrupación es, en tesis 
general, achicarse, y a veces anularse, pues para 
cada tiburón existen infinitas sardinas y para 
lustre de un caudillo se requiere, en las aristocra- 
cias, el sacrificio y la sombra de millares. En punto 
a filosofía, sé tigre, sin las apariencias. De lo 
contrario, como los tigres son los animales más 
disimulados, quedarás mal con ellos y con las 
ovejas. 

Con todos serás amable, de dientes afuera, y ma- 
yormente con aquél a quien pretendas reventar. 
Haz siempre, en estos casos, aparecer otras manos 
y otra lengua que las tuyas. Imputa a otros lo 
que inventes contra el prójimo, sin dar al olvido 
que no es el abuso ventajoso. Cuando intentes sa- 
tisfacer la necesidad natural de expeler malos pen- 
samientos, no elijas, nó, por Dios, a ningún califi- 
cado imbécil. Elige un difunto, sin familia, y llá- 
male ladrón, bebedor y cuanto gustes, y si no tu- 
vieres muerto a mano, dale a un caído, que de ár- 
bol caído se hace leña. Una piedra más arrojada al 
hombre lapidado, una mano menos que se levan- 
ta. Nadie ve en el gesto del que la arroja otro signo 
que indignación. No tengas amistades, ni obse- 
quies, no siendo con palabras. No desperdicies" ni 
la risa. Védate su uso ante gentes: hombre que ríe, 
hombre perdido. 

De la ciudad adonde vas, no te asustes. Al princi- 
pio te parecerá que el mundo se hubiese juntado 



138 VÍCTOR ARREGUINE 

en una feria, acostumbrado como estás a las ran- 
cherías. Sin embargo, ten presente que gran ciu- 
dad es confederación de aldeas y que la habitan 
hombres y mujeres. Te filtrarás, no me cabe duda. 
Al principio harás reir. No te preocupe: el genio de 
la Broma se fatiga pronto, y si persistes en hacer el 
uso que debes de tus semejantes, ganarás la partida. 
Y el joven aventurero, después de haber escuchado 
humildemente a su padre, apretó la cincha de su jaca, 
ciega de un ojo y medio ciega del otro, como el ca- 
ballejo de «El Buscapié», y pasito a paso, de cara 
al sol que moría en campos de fuego, se lanzó re- 
suelto a la conquista de la gran ciudad, oculta tras 
una sucesión de horizontes. 



CENA ÉPICA 



«Verdades absolutas I » 

El filósofo de la madrugada. 

-En el fondo de toda verdad exis- 
te una parte de mentira; en toda 
mentira existe una parte de verdad.» 
El filósofo de la tarde. 

••La verdad no existe ! » 

El filósofo de la noche. 



En aquella tarde de 1850 tenía la palabra, como 
de costumbre, el famoso D. Pascualón. Sus oyentes, 
unos a otros se guiñaban, lo cual era también cos- 
tumbre cada vez que el coronel se aventuraba en 
uno de sus extraordinarios relatos. ¿Era o no un 
Hugo de los campamentos? Sus «verdades» solían 
participar de la enormidad de los Andes que sus 
plantas hollaran allá en la ardiente mocedad. Aho- 
ra envejecía. Hilos de plata surcaban audazmente 
su melena de león. Pero su fantasía se conservaba 
moza. Bastaba que alguien aludiera, delante de él, 
a ciertas aficiones británicas de su tiempo para 
qne en el acto se representase a Inglaterra como 
un par de islotes, limitados al Norte, al Sud, al 
Este y al Oeste por el mar de Whisky. 

' — Yo tuteaba a todo el ejército: inferiores, supe- 
riores e iguales. Desde chiquito tuteaba a Dios, 



Í40 VÍCTOR ARRÉGUINE 

con que figúrense ... Sin embargo, el día que in- 
tenté tutear al general San Martín, el hombre, 
adivinándome, me fusiló con los ojos. Fué en Men- 
doza. No tardamos en atropellar la Heladera (nom- 
bre con que designaba los Andes) que desapareció 
bajo nuestras botas. 

— Y cómo andaban de volcanes? interrogó el 
coronel Casto Domínguez, el amigo de Lavalleja. 

— Volcanes? En más de cuatro encendí mis ci- 
garrillos... Y luego: 

— En aquellas alturas, amigos míos, la sombra del 
general se proyectaba 600 leguas a los cuatro vientos. 

Una tosesita del mayor Borgoño — español de 
origen — cortara el relato de otro menos firme. 

— Vean ustedes, al señor Cachupín Cabezudo, 
sin darse cuenta todavía de la grandeza del general... 

— Es que estoy constipado... Y añadió el español: 

— Mal andarían ustedes de merienda. Contados 
serán los mesones en aquellos páramos. 

— La guerra es la guerra y nada más que la 
guerra. ¿Bebida? Agua, cuanta quisiéramos. ¿Co- 
mida? A los dos días de andar por la montaña pe- 
lada, donde por cierto usábamos sábanas de varias 
leguas, teníamos un hambre de cien miUdiablos a 
caballo. Los granaderos, hechos a limpiarse los 
dientes con sus sables me interrogaban con los ojos. 

Pobres muchachos! Todo lo esperaban de mí. 
Hacían bien. Yo tenia ya una idea y en eso vi un 
cóndor, una especie de Napoleón del viento ¿saben? 
Cargo mi pistolete y zas! el animal se desploma des- 
de una nube y viene a caer entre nosotros como 
una estrella. Y aquella noche todo el ejército comió 
cóndor. 



JIRÓN DE HUMANIDAD 

I 

Frente a frente, cómodos rivales representativos 
de la sana y de la mala moral, erguíanse los dos 
edificios principales del pueblejo: el palacete del 
coronel Aquiles Mata y la casa de placer popular 
que yo no sabría designar en lenguaje honesto. 
En ésta cantábanse por la noche, al compás de gui- 
tarras, peteneras sentimentales, mientras por las 
ventanas de aquél, lanzábanse al espacio exterior 
notas de piano y versos escandalosos entonados por 
muchachas decentes. 

Un tercer edificio, el «Medio Mundo», grandeza 
caída, antigua construcción de madera para una 
fracasada exposición local, casi competía con los 
ya mencionados. Lo demás, casillas de tabla y 
zinc y ranchejos. Del conventillo, otro de los nom- 
bres del «Medio Mundo», partían cuantos olores 
se imaginen, desde la pimienta del clavel hasta la 
metilamina del pescado podrido. La mitad del pue- 
blo vivía en él y entre sus inquinaos habíalos «de 
todo calibre», al decir de uno de ellos, elsenó Fuentes, 
que de hidalgo rico descendiera, por su afición a 
riñas de gallos, a pobre canijo, aunque sin perder la 
vergüenza. 



142 VÍCTOR ARREGUINE 

Quien, en cambio parecía haberla perdido, era 
su vecina y compatriota la chicharra, cuyo sem- 
piterno canto, después de coronar dinteles y techos 
invitaba al transeúnte a canturriar olvidadas co- 
plas. Pero maldito el caso que hacia esta descarria- 
da hija de Eva de la crítica, no tan amarga, por 
cierto, como la dedicada a la esposa del coronel, 
a la cual atribuíase la empresa de dar lecciones de 
amor a todos los cadetes de la cercana guarnición, 
en tanto el marido se dedicaba a combinar batallas 
en un tablero de ajedrez. 

En las habitaciones altas del «Medio Mundo» figu- 
raban algunos sujetos originales. Entre otros, dos 
grandes mulatos, uno de los cuales se las echaba de 
poeta. Olia, antes que a las princesas de sus versos 
carnavalescos, a «gin» y catinga, y ostentaba la 
ampulosa vanidad de un tonel vacío. Al lado de 
ellos un ex presidente de Haiti\ D. Simonides Ho- 
che, imagen de la gravedad. Él mismo cocía sus 
alimentos y de tarde complacíase en enseñar a un 
loro tonadas militares y canciones de su país. No se 
daba con nadie, a no ser con Pierna de palo que 
metía tanto ruido, al volver a la media noche por 
la desierta calle. 

No olvidemos por éstos a D. Jeremías Redondel, 
victima triste de agudos ataques de moral, cada 
día más «antí»; ni a D. José, el paralítico de la planta 
baja, metido de medio cuerpo abajo en una barrica, 
semejante al hombre de las Mil y una noches, cuyas 
miradas parecían perderse más allá del viejo hori- 
zonte. 

— Oh, el Amazonas! exclamaba a menudo. Vieran 



LANZAS Y POTROS 143 

qué majestad ! En sus orillas sufrí el primer ataque 
y no me quejo, pues me traje el río conmigo. 

— Buenas tardes, mi señor D. Pepe, (así solía 
empezar al acercarse a su puerta el de la moral) ¿na 
visto Vd. lo mal que andamos? No ya aquí, que es 
toda gentuza, mejorando lo presente. ¿Ha notado 
cómo se pinta Azucena, la chica del coronel? Se pinta 
desesperadamente, se tiñe el pelo con agua oxigena- 
da, se pone carmín en los labios y todavía se estro- 
pea los ojos con atropina. Y por el estilo, las de 
Villarrota, sus compañeras de bochinche, por que 
no ha de negarme Vd. que mayor desorden meten 
éstas (lo decía señalando la casa del militar) con 
sus tenientes, que ésas (y señalaba el otro edificio 
notable) con su dale que dale. 

— Y qué se nos importa, amigo mío, que las chi- 
cas se pinten? 

D. Jeremías ladeaba el timón de su nave y seguía 
navegando por el mismo mar. 

— Bueno, que se pinten si Vd. las defiende. Y 
ahora ¿qué me cuenta de los de arriba, los mula- 
tones, superficiales como toda raza de paso? 

— Qué he de contarle, yo que no me puedo mo- 
ver! Si Vd. no cuenta algo . . . 

— Pues sépase que anoche riñeron con el negro 
de Haití , ese del loro ¿sabe? el que le regala pas- 
telitos a la andaluza ¡qué traza! y ella se los acep- 
ta y le planta que los morenos hacen muy bien 
esas cosas. Y le pone unos ojos . . . 

— Estamos como mujeres. Si Vd. hubiese visto 
el Amazonas. . . 

— Ay, ay, ay ! Ya se nos vino la inundación. 
Buenas tardes, D. Pepe. 



144 VÍCTOR ARREGUINE 

II 

Y el moralista encaminóse en busca de otro filó- 
sofo, habitante de lejano ranchito, aunque sus re- 
cíprocas relaciones estaban casi heladas, debido 
a sus respectivos «sistemas». Tomó por la vía del 
tren, según solía en sus crisis de «moralina». Luz 
tempestuosa, bárbara luz, pintarrajeaba las nubes 
y se tendía a lo lejos por campos y arenales. 

Más allá del tren y de su rumor existe la poesía 
del riel, la visión, no tanto del conquistado suelo 
cuanto del conquistable mundo. 

A lo menos existía para el filósofo en cuya busca 
iba D. Jeremías y a quien tengo el honor de presen- 
taros sentado en una roca desnuda. Algo quisiera 
deciros de él, mas cuanto sé redúcese a nada o casi 
nada. Guardaba, restos de antiguo amor quizá, 
en viejo baúl, junto a cadáveres de flores, tan cadá- 
veres como ellas, una sombrilla que fué azul y un 
zapatico de mujer. En otros tiempos vivía en 
la ciudad, perdida tras varios horizontes, y no se 
sabía por qué la abandonara, resuelto a ver rodar 
la bola sin tregua ni probable rumbo, desde el su- 
burbio psicológico, propincuo a los reinos animales: 
pájaros, langostas y hormigas. Caminaba antes, 
cuadras y cuadras, en las mañanitas de estío, sa- 
ludando a los olivos del sendero si con ellos daba. 

A esta vida andariega había sucedido la seden- 
taria, grata a los viejos, de la cual él solía burlarse 
diciendo: El progreso consiste en pasar del estado 
salvaje al pastoril y del pastoril al agrícola. Toda- 
vía me sobran fuerzas para hacer producir a la tie- 
rra veinte o treinta hortalizas. El día que me falten, 



LANZAS Y POTROS 145 

ya en la faz industrial de la civilización, talvez 
algún rey europeo me condecore caballero de indus- 
tria. 

D. Jeremías que al llegar echárase en la misma 
roca, a un metro debajo del filósofo, en pos de los 
habituales cumplidos y de iniciar sin fruto varias 
conversaciones, dijo resueltamente: 

— La parte podrida de la sociedad debe arrasarse. 

— A tí qué te va ni te viene? Ganas? Pierdes? 
repuso el otro. 

— Sí, sí, si . . . Tú que abandonaste la lucha, 
hombre sin ideales, a no ser un cabrón, un tordo y 
tu baúl. Para tí la moral es una cosa inútil. 

— Conoces algo mas apestante que la moral y el 
judío ? 

— La moral es la corona de la humanidad. 

— Mira: hubo una vez ciertos hombres, en una 
región de secano, que en lugar de cavar un pozo 
hicieron montañas de 6 a 7000 metros para obtener 
agua. Tú has de ser uno de ellos. 

— Tú a todos absuelves. 

— No debemos condenar a los humanos, siempre 
que digan la verdad. Háganla y confiésenla, y bas- 
tará para absolverlos o meterles un tiro. 

El diálogo siguió en el mismo tono, y luego que el 
moralista húbose despedido, el filósofo se acostó en la 
peña, entornó los ojos y quedó rodeado por una 
nube de mosquitos y otra de ensueños. 

III 

Entre tanto, D. Jeremías apresuraba el paso 
urgido por las cercanas sombras. Llegaría tarde. 

10 



146 VÍCTOR ARREGUINE 

Ya eran encendidas allá arriba, por el eterno faro- 
lero, algunas lámparas celestes. Después brillaban 
aquí y acullá, en los ranchejos, tímidas luces; y 
allá abajo, en el pueblo, la calle principal desafiaba 
a cielo y tierra con sus tres faroles a gas acetileno. 

Por el camino supo la gran noticia. Las grandes 
noticias tienen la propiedad de encontrar un por- 
tador en cada sujeto. La sabe uno, la sopla a un 
segundo, el segundo a un tercero, el tercero a un 
cuarto y así hasta la universalidad. La gran noti- 
cia súpola de cuarta o quinta boca. 

Al hombre que se la dio se la refirieran y él no 
hacía sino repetirla. Dos horas antes, aseguraba la 
versión, el «Medio Mundo» y el hotel de D. Mateo 
Capten, habíanse volcado en las aceras; las casitas, 
en los caminos; los ranchitos, en pleno campo. Y era 
que el coronel D. Aquiles, saliera por las calles a 
cintarazos y palabrotas detrás de un grupo de te- 
nientes y subtenientes, grupo en el cual figuraban 
también algunas formas femeninas, entre las que 
pudo ser reconocida Azucena. Y Azucena había 
caído desmayada de un planazo, en la escalera 
que conducía al cuarto del presidente de Haití; 
desmayada, mientras el loro gritaba desde arriba: 
uno, dos, tres: fuego! 

Esta anticipación de conocimientos más detalla- 
dos refrigeró con la bondad de un bálsamo el cora- 
zón del moralista. Al fin el pundonor habíase im- 
puesto! Al cabo, todos aquellos mozalbetes groseros 
de la cercana guarnición recibían su merecido. 
Tremenda lección de la moral ! Volverían, sí, los 
hermosos días de Bruto apuñaleando a César y 



LANZAS Y POTROS 147 

del otro Bruto, matando a sus hijos por la salvación 
de la República. 

No seré yo quien comente la amargura añadida a 
los fermentos amargos ni la cara que puso, ya en el 
pueblejo, la encarnación de la moral ante la versión 
no deformada de los hechos, que sintetizó en esta 
forma el hombre de la pierna de palo: 

— Pero no! señor moralista: a quien corrió a 
sablazos el coronel fué a un sastre que lo molestaba 
a cada rato por una cuenta. 



ÍNDICE 



frág. 

Lanzas y Potros 5 

Idilio 11 

Un capitán, un filósofo y una moza . . . 17 

Belén en Catamarca 25 

La derrota 29 

Amor que pasa 33 

Sugestión 37 

El vate de Punta Brava 41 

Mandinga 45 

El ídolo de Luna Verde 49 

Buen tiempo 61 

El caballo moro de Quiroga 65 

Almas guerreras 71 

Dos y dos 77 



Pá¿. 

El tigre de Cerros Negros 83 

Frente á Ilion 87 

Ponce Araña 91 

Viaje dantesco 97 

El secreto de Juan Flores 103 

Un fracasado 109 

La moral de mi aldea 113 

Flor romántica 117 

El principio de autoridad 121 

Vuelta al paganismo 128 

Consejos que dio D. Bálsamo a su hijo . . 135 

Cena épica 139 

Jirón de humanidad 141 






CATALOGO 






DE LA 



GASA EDITORIAL 



DE 



0. 





CALLE RECONQUISTA, 630 

( ANTES 195 ) 

= MONTEVIDEO = 



Obras editadas por la Casa 

Hñ5Tñ fiBRIL DE 1913 



^aWetee gríseos, "§)\ ^rU", áe 0. ^. gerU^ 

Autores Nacionales 

ARMANDO VASSEUR, Cantos augura- 
Íes ( poesías ) 
Agotado . . 0.50 
» » Cantos del Nue- 

vo Mundo 
(2. a edición) . » 0.50 
» » A flor de alma 

(2. a edición) . » 0.30 
MANUEL MEDINA BETANCORT, 
Cuentos al Corazón, 3. a edición ( Ilus- 
traciones de A. Goby ) 040 

PERFECTO LÓPEZ CAMPAÑA, Fan- 
farria de Prejuicios 0.50 

EMILIO FRUGÓNI, Los Himnos ... 050 
» » El Eterno Cantar, 

3. a edición ( Ilustración de A. Goby) 0.60 
ENRIQUE GRUNTZ, En el tálamo del 

amor ( Ilustración de A. Goby). . . 0.60 



II 

ÁNGEL FALCO, Ave Francia ( prosa y 

poesía) 0.10 

» » Garibaldi (poema). . 0.25 
» » Vida que canta ( poe- 
sías) 0.40 

» » Breviario Galante (poe- 
sías ) 0.60 

» » El Hombre-Quimera . 030 
» » La leyenda del Patriar- 
ca 0.50 

» » El alma de la Raza 0.30 

(Canto) » 0.30 

OVIDIO FERNANDEZ RÍOS, Las Le- 
yendas Milagrosas » 0.50 

ISIDRO RODRÍGUEZ MARTIN, Alma 

trágica » 0.30 

ILLA MORENO, Rubíes y Amatistas 

(poesías) » 0.70 

EDUARDO GANDOLFO, De Ayer (ver- 

sos) » 0.50 

CARLOS ROXLO, El libro de las rimas 

( en rústica )• • • » 060 
» » El libro de las rimas 

( en tela ) buena 
encuademación » 1 .00 
CESAR MIRANDA, Las leyendas del 

Alma ( agotado ) 

JOSÉ L. GOMENSORO, El país que se 

ama (cuentos) » 0.40 

DELMIRA AGUSTIN1, El libro Blanco 

(poesías). . » 050 
» » Cantos de la ma- 

ñana .... » 030 



ni 

DELMITA AGUSTÍN I, Los cálices va- 
cíos .... » 0.50 
FEDERICO GIRALDI, Mirim (poesías) » 0.10 
ROBERTO DE LAS CARRERAS, Sus- 
piros a una palmera ( poema ) . . . » 1 .00 
ANDRÉS T. GOMENSORO, Rumbo al 

Sol » 0.40 

MARÍA MORRISON DE PARKER, El 

padrino de Cecilia (novela) .... » 0.40 
S. GARCÍA MALLAR INI, Apóstoles Re- 
beldes (novela) » 0.30 

GUZMAN PAPINI,CantoalaSireneía . » 0.20 
JULIO HERRERA Y REISSIG, Los 
Peregrinos de piedra 

( poesías ) » 1 00 

» » El Teatro de los Humildes 

( poesías ) » 1 .00 

» » Las lunas de Oro (poesías) » 1.00 

» » Las pascuas del Tiempo 

( poesías) » 1 .00 

» » La Vida y otros poemas 

( poesías ) » 1 .00 

MARÍA GAUTIER, Apuntes sobre pers- 
pectiva » 0.40 

JUAN Ma. OLIVER (hijo), Los Cre- 
púsculos (poesías) » 030 

JAVIER DE VIANA, Macachines (Cuen- 
tos breves ) 2. a 
Edición ... » 0.50 
» » Leña Seca, 3.a 

Edición ... » 0.50 
» » Yuyos, 2.a Edi- 
ción » 0.50 

» » Cardos » 0.50 



JAVIER DE VIANA, Gaucha, nueva edi- 
ción corregida 
por el autor. . » 0.50 
OCTAVIO MOR ATÓ, Problemas Socia- 
les » 0.20 

OTTO MIGUEL CIONE, Lauracha (no- 
vela) » 0.50 

ENRIQUE V. ERSERGUER, La Anar- 
quía ante la Civilización » 0.40 

D'ACOSTA e IRISARRI, Liras Herma- 
nas (poesías) » 0.50 

ISMAEL CORTINAS y WASHINGTON 
BELTRAN, De la raza ( primer premio 
en el concurso « Homenajea Artigas ») » 0.15 
ALBERTO NIN FR IAS, La fuente enve- 
nenada (novela) » 0.20 

MARÍA CROSA DE ROXLO, A través 

de la vida (Cuentos) » 0.40 

DOMINGO ARENA, Divorcio y Matri- 
monio » 0.15 

L. LASSO DE LA VEGA, El Morral de un 

Bohemio . . » Q.40 
» » El ahijado del 

Diablo. . . » 0.40 
VÍCTOR ARREGUINE, Lanzas y Po- 
tros ( cuen- 
tos) ... » 0.50 
» » Tiempos 

Heroicos y 
la Guerra 
de la Cis- 
platina . . » 1 .00 
JUAN PICÓN OLAONDO, Policromía 

( cuentos ) » 0.50 



ALBERTO LASPLACES, Salmos a la Vi- 
da (poesías) ,> 0.50 

V. SALAVERRI, La locura del Fauno 

ilustrada con más de 100 grabados . . » .50 

Biblioteca Teafro u ruguayo 

ISMAEL CORTINAS, El Credo (come- 
dia en un acto) » 0.25 

LUIS SCARZOLO TRAVIESO, Cabeci- 

ta loca » 0.25 

FLORENCIO SÁNCHEZ, Nuestros Hi- 
jos (comedia en 3 actos) » 0.50 

OTTO MIGUEL CIONE, El Arlequín 

( Tragedia 
moderna en 
3 actos) » 0.50 
» » Partenza (dra- 

ma en 3 
actos). • » 0.50 
OVIDIO FERNANDEZ RÍOS, El alma 

de la casa ( comedia ) » 0.25 

ERNESTO HERRERA El Estanque 

( drama ert 
3 actos). . » 0.25 
» » El león ciego 

( drama en 
3 actos ). » 0.25 
» » La Moral de Mi- 

sia Paca (co- 
media en 3 
actos). . • » 0.25 
OROSMÁN MORATORIO, Dulce calma 

(comedia) » 0.25 



VI 

OROSMÁN MORATORIO, Sol de Otoño 

(comedia) » 025 
ALBERTO T. WEISBACH, El Guaso 

(boceto 
dramá- 
tico) . » 0.25 
» » Resaca (bo- 

ceto dra- 
mático) » 0.25 
CARLOS M. PACHECO, Los disfrazados, 

Saínete lí- 
rico - dramá- 
tico .... » 0.25 
» » Pájaros de pre- 
sa » 0.25 

» » Los tristes, Cua- 

dro dramá- 
tico .... » 0.25 
» » El alma á la 

espalda, Co- 
media . . » 0.25 
» » Una juerga . . » 0.25 

JOSÉ PEDRO BELLAN, Amor (drama 

en 3 actos) . » 030 

Biblioteca Teatro Argentino 

ARMANDO DISCEPOLO, Entre el Hie- 
rro (dra- 
ma en 3 

actos) . » 025 
» » La Fragua 

(drama en 
3 actos) » 0-25 



* VII 

Autores Exfrangeros 

ANATOLE FRANCE, Las siete mujeres 

de Barba Azul » 0.50 

M \X PEMBERTON, El Pirata de Hierro » 30 
GUY BOOTHBY, La Venganza del Dr. 

Nikola » 0.25 

LE BLANC, Aventuras de Arsenio Lupin 

(La dama ru'ña) » 0.20 

GASTÓN LEROUX, El Misterio del Cuar- 
to Amarillo. . » 0.25 
» » El hombre que vio 

al Diablo ... » 0.15 
» » Balaoo, 3 tomos en 

un solo volumen » 0.35 
El perfume de la dama vestida de negro . . » 0.25 
M. VIGNALI, Salón del baile y Guía del 

trato social » 1 .00 

E. GAUTIER, El arte de multiplicar los 

vegetales » 0.60 

GUMERSINDO ARDANAZ, Frente a la 

Iglesia » 0.40 

Sindicalismo y Socialismo » 0.15 

Rafael BARRETT, Moralidades actuales » 0.40 
» » Lo que son los yerbales . » 0.10 
» » El dolor paraguayo . . » 0.40 
» » Cuentos breves ( Del Na- 
tural ) » 0.40 

» » Mirando vivir .... » 0.50 

» » . Al Margen » 0.40 

» » Ideas y Críticas ... » 0.40 
» » Diálogos y Conversa- 
ciones » 0.40 



VIII 



GUYAU, El Arte desde el punto de vista 

sociológico, 2 volúmenes c/u . » 0.30 
» Los problemas de la estética 

contemporánea » 0.30 



-°»»<?"EaK3'">>*- ív - 



BINDING SECT. NOV 8 1972 



PLEASE DO NOT REMOVE 
CARDS OR SLIPS FROM THIS POCKET 

UNIVERSITY OF TORONTO LIBRARY 







f 




PQ 


Arreguine, Víctor 


8519 


Lanzas y potros 


A89L3